sábado, 12 de abril de 2014

UN PREGÓN DESDE EL CIELO (I)


Estimados amigos;
Hablando con José Luis hace unos días le comenté que Rafael había escrito un pregón para esta Semana Santa.
El pregón iba dirigido a la asociación de médicos a la que pertenece  Roberto, su amigo oncólogo que cuidó a Rafa durante sus últimos años, y Rosa, su amiga de la adolescencia.
Rafa para huir de su enfermedad, sobretodo en estos últimos años, se propuso numerosos retos, escribir en el blog, fotografiar Sevilla, inventarse una obra de teatro y últimamente redactar un pregón, el pregón de una semana santa, acontecimiento tan querido para él.
Desgraciadamente su enfermedad no le permitió terminarlo, pero le dedico tiempo y cariño durante varios meses, informándose, leyendo, recordando… Por eso me gustaría que pudierais compartir con nosotros lo que escribió con tanto esmero y cariño, ya que no pudo hacerlo con la asociación porque el destino no le permitió presentarse ante este grupo de hombres y mujeres de bata blanca que tanto le asustaba pero que le permitió vivir algunos años más.
Primero como su novia después como su esposa he vivido con él muchas Semanas Santas sevillanas. Rafa siempre pensó que no me gustaba demasiado  pero no era así. La disfruté siempre que fui con él. Me encantaba estar cogida de su mano o apretada contra su cuerpo sintiendo su corazón latir en mi espalda mientras veíamos pasar un paso por una calle estrecha.
Me acuerdo de palabras secretas susurradas a mi oído cuando una banda tocaba campanilleros a la entrada de  una virgen en su capilla.
Muchos recuerdos tengo con Rafa paseando por Sevilla, oliendo a azahar por tantos rincones. Este azahar símbolo de primavera que durante 25 años Rafael depositó en un platito en mi mesita de noche para recordarme que faltaba poco para  Semana Santa.
Este año no recibiré estos presentes, no comeré las torrijas que aprendió a preparar porque era tan goloso que no era capaz de  esperar Domingo de Ramos a que su madre le dejara preparada estas bandejas de ricos dulces.
Este año no habrá cervezas fresquitas para aliviar la sed después del calor y de los empujones, no habrá paseos con los amigos o a solas. Todo esto se quedó petrificado por la muerte. Sin embargo existe el recuerdo, el recuerdo de estos momentos vividos con él, disfrutado a cada instante bajo el signo del cariño, de la risa y del amor.
Este año no sé como viviré la Semana Santa,  lo único que sé es que no lo viviré de la misma manera porque no estará Rafa para acompañarme, para protegerme de la muchedumbre y para contarme estas anécdotas que tanto me gustaba.
Esta Semana Santa no sólo va a ser distinta porque Rafa no estará con nosotros sino porque por primera vez saldré de nazarena. Quien me hubiera dicho hace 30 años cuando conocí a Rafael que un día iba a llevar puesto una túnica y un antifaz e iba a andar despacio por las calles de Sevilla por delante de la Virgen del Patrocinio... nadie,  porque cuando quise hacerlo las mujeres tenían vetado la entrada. Cuando ya pude, me juré que no lo iba a hacer porque la Hermandad fue de las últimas en conceder a las mujeres su participación en la procesión. Pero la vida da muchas vueltas y Rafa hace unos meses me rogó hacer con él esta estación de penitencia. Le contesté que no, y que además no me sentía capaz físicamente pero él me contestó que tampoco tenía fuerzas para hacerlo entero pero lo quería hacer conmigo para que viviera junto a él esta experiencia única, le contesté con una sonrisa de las mías que me lo pensaría sabiendo ya que lo haría. Desgraciadamente no podrá ser, y no realizaré junto a él uno de sus sueños, vivir junto a su mujer  uno de los acontecimientos que más disfrutaba. Así que en memoria suya este año si el tiempo lo permite  vestiré la túnica negra, esconderé mis ojos llenos de lágrimas detrás del antifaz, y seguiré sus pasos.
Espero que os guste el pregón.

Un abrazo
Régine NIcaise Fito


Pregón de Rafa Martín

1. Agradecimientos.
2. ¡Música, maestro!
3. Las edades de la Semana Santa.
3.1. Mirando al cielo (El Cachorro)
3.2. En el altozano (Jesús de las Penas y Virgen de la Estrella)
3.3. Tiempo de miel y de caramelo (Misterio de La Exaltación y Desprecio de Herodes, Cristo de la Vera-Cruz, La Quinta Angustia)
3.4. Recorrido completo (Nazarenos de San Gonzalo)
3.5. Nuevos tiempos (Cristo de la Buena Muerte, costaleros)
4. Con los cinco sentíos.
4.1. De aquí para allá (Virgen de la Palma y Cristo de la Salud)
4.2. Agarrados de la mano (Virgen del Dulce Nombre)
4.3. La primera madrugá (Gran Poder y Macarena)
5. La rueda que sigue. Hermandad de El Cerro.
5.1. Una necesidad


1. AGRADECIMIENTO

Agradecimientos a los organizadores y preparadores de la sala.
Agradecimientos a la presentación

Quien me conoce un poco sabe de un miedo incontrolable que tengo: cuando me entra, el corazón comienza a redoblar en mi pecho, desaparece casi toda la saliva de mi boca, las manos se me bañan en sudor y varios metros de tripa buscan refugiarse en un espacio tan pequeño que se retuercen en un doloroso nudo de desesperación. Y todo esto me pasa cuando estoy delante de esas personas que se empeñan en vestirse con una bata blanca, personas que un día y otro día, casi sin descanso, se empeñan en gastar gran parte de su cariño y sus conocimientos en  curarnos.

Os quiero dar, por tanto, dos veces las gracias: muchas gracias por venir y muchas gracias, de corazón, por traer esos lindos atuendos que tan bien os sientan.

Por último, les agradezco a Rosa y a Roberto, que confiaran en mí para que escribiera este pregón. Han sido muchas las horas que le he dedicado a este compromiso, pero ¡He sido tan feliz!: Horas de hermosa lectura, de charlas interesantes con los amigos, horas en las que he revivido algunos recuerdos de niño que parecían perdidos. Preparando el pregón he llegado a soñar con las caras  de las vírgenes y algunos domingos he aprovechado las primeras luces para tomar notar de esas ideas que me habían rondado por la mente toda la noche. He paseado por las calles viejas de Sevilla respirando el dulce incienso de sus entrañas y cuando estaba cansado he buscado refugio en alguna iglesia cercana y en un frío rincón, casi a oscuras, en esos instantes tan míos, mirando a Cristo, al hombre que dio su vida por un sueño, he renovado mis fuerzas para intentar ser, aunque sea sólo una mijita, como él.


2. ¡MÚSICA, MAESTRO!

Cierro los ojos y siento en mis adentros los primeros compases:

 Tam, tam-tam, tam-tam, tam-taaa-ra, tam-tam, tam-tam…

Jesús de las Penas, una marcha lenta para que marque la cadencia de mi lectura. Su ritmo lastimero, cargado de silencios sevillanos, me llevará a compás, muy despacito, por los vericuetos de una Semanasanta que quiero compartir con vosotros.

Aquí estoy para anunciaros que vamos a celebrar, en esta, nuestra ciudad, y de una manera muy particular la Pasión y Muerte de Jesús y los siete Dolores de María. En estos días se llenarán las calles de imágenes y de aromas especiales, las noches quedarán alumbradas con velas y se colmará el aire de música, algunos espacios se harán mágicos y cualquier esquina podrá convertirse en un lugar de culto, el tiempo vendrá marcado por el paso de las cofradías y si os fijáis en los rostros de la muchedumbre que bulle de un sitio para otro, notareis que reflejan la felicidad de quien ya conoce el viejo sabor de lo nuevo.

¡A pregonar vengo!

A contaros algunos detalles
que me cautivan,
a dejaros un puñado
de hermosas escenas
que recuerdo
 de esta semana infinita.
 Porque en este tiempo que llega
muere Sevilla cien veces
 y otras tantas resucita.
Muere despacio, como los cirios
gastados y renegridos de la madrugá,
muere de una saeta
que se te clava en el alma,
muere con los pies rotos
del penitente cansado y dolorido,
muere entre gotas de lluvia
como muere el azahar
también tres veces caído.
Muere al son de Amarguras,
  tú lo sabes
Sevilla muere de escalofríos
En los brazos de una madre
que lleva a su hijo dormido.

Y Sevilla resucita
con cinco llamadas de trompeta
y los platillos que gritan
cuando un palio se acerca.
Respiraderos de plata,
Flores abiertas
Para mi niña bonita,
candelabros de cola,
 manto bordado,
bambalinas que danzan.
En un suspiro, como un revuelo
 la Virgen pasa
¿Quién la llama?
Sevilla

¡A pregonar, sí!
Con la voz de un sencillo nazareno de barrio, que es más de calle que de iglesia, nazareno que ha mamado desde pequeñito la devoción por unas imágenes, que ya siente como suyas.
¡A pregonar vengo, ya lo sabes!
Con las ganas de esos jóvenes que persiguen a las bandas hasta en los ensayos.
A enseñarte los invisibles átomos de la primavera, esos que resucitan cuando llega la luz azul y el sol templado del mediodía.   
¡A pregonar!
Con la fe de quien mira al Cristo que pasa y es capaz de gozar con la trascendencia de ese instante tan breve, en el que sólo uno sabe lo que siente.
   

3. LAS EDADES DE LA SEMANA SANTA

La Semanasanta se vive de acuerdo con la edad que uno tiene. No es lo mismo descubrirla con los ojos brillantes de un niño, que aprehenderla con todos los sentidos como hacen los jóvenes; o recrearse en ella, saborearla en pequeñas dosis, que es como disfrutamos los que ya no tenemos prisa.

Que pronto se aprende de niño
Que hay nazarenos sin caramelos,
Que la cera te quema la mano
Que los globos se escapan hacia el cielo
tras la luna creciente de marzo.

Y aprendes a imitar con la boca
El sonido de tambores y trompetas,
A callarte en los silencios,
Y sobre los hombros de tu padre
mirar al Cristo que llega
y pedir por lo bajini
que se pare el paso
que aquí se pare.

De niño me he pasado demasiadas mañanas mirando al cielo, nada más levantarme corría hacia la ventana para ver como estaba el tiempo. Unas nubes oscuras parecían empeñarse en borrar el azul del cielo. Por entonces mi madre hacía de hombre del tiempo y siempre repetía el mismo pronóstico, esas nubes no son de agua, seguro que ya han descargado en el Aljarafe. Yo, por si acaso, comenzaba a quemar las ramitas de olivo, que había cogido el domingo, con la esperanza de que el humo sagrado que salía empujara lejos a esas negras nubes que no paraban de llegar. La mañana se me hacía eterna. En el momento que aparecía un clarito me llamaba mi madre, mira, mira, que está saliendo el sol. Pero a medida que se acercaba la hora de vestirme de nazareno las nubes se tornaban de un gris rabioso, se les veía inmensas, poderosas, como si fueran a salirse del cielo y romperse en maromas de agua. Al poco se escuchaba el sonido de una lejana tormenta y las primeras gotas comenzaban a mojar el suelo con desgana, ¿quieres más señal de que el Señor está muerto?, sentenciaba mi abuela.

Cuando en la iglesia nos anunciaban lo que ya todos sabíamos, se me caía el alma al suelo y me preguntaba a qué se debía tanta mala suerte, otro año sin salir, que había hecho yo para merecer un castigo tan grande. No me quedaba más que preguntarle al Cachorro, que seguía esperando sobre el paso con los ojos clavados en su cielo. Yo sabía que sus marcadas costillas le sostendrían el pecho a pesar del mal tiempo y que sus piernas desnudas aún guardaban algo de fuerza para marchar sobre los charcos. Quienes dicen que es muy frágil no lo conocen bien, yo lo he visto caminar deprisa bajo la lluvia y me ha parecido más humano que nunca, con los hilillos de agua o quizás de sangre, cayéndole por la cara y por los brazos, suplicando con los ojos porque la boca se le estaba cerrando tras el último aliento y aún así, lo he visto vivo, muy vivo, con los cabellos empapados sobre los hombros, con el paño de pureza a punto de soltarse de su cintura en un eterno revoloteo. Pero esta tarde toca otra vez quedarse en casa, él sabe de sobra lo que pienso y, como a mí, no le importa esperar hasta el año que viene, guardaremos en el corazón la ilusión por salir a la calle, para que todos esos momentos que hemos vivido juntos no se pierdan en el tiempo como lágrimas en la lluvia. 

Por aquellos años sesenta mi Semanasanta comienza en el altozano, a donde llego jugando a no pisar las aristas de los adoquines del suelo. No circulan coches y hay mucha gente en la calle, gente que está bien vestida y con la cara sonriente, como si la luz azul del cielo hubiera bajado hasta el barrio para alegrarnos a todos. Es un día especial y eso se deja sentir en cualquier detalle. Ando buscando entre las largas filas de nazarenos a dos amigos de mi calle. Gonzalo es el primero que encuentro, apenas tenemos tiempo de hablar porque no se puede parar, le sostengo la vara mientras se mete la mano bajo la túnica y la saca con dos o tres caramelos, que me da. Lo dejo rodeado de otros niños que le  piden y corro hacia donde están mis padres antes de que llegue el paso. Ya noto la rozadura que me están haciendo los zapatos nuevos en el pie derecho. Quién pudiera estar sentado como este Cristo, que no para de rezar. Mira al cielo y reza con las manos muy unidas, seguro que sabe el sufrimiento que le espera.

Tantas penas, que ni tu madre sabe esconderlas. Ay, Virgen de la Estrella, ¿por qué lloras tanto, si dicen que eres la más valiente? Siempre cargada de lágrimas, pero siempre en la calle, hasta cuando llueve. Cuenta mi abuela que un año saliste sola porque las otras hermandades no quisieron y se enfadaron mucho contigo. Hubo bastante jaleo por la ciudad y un borracho te quiso tirar una botella, pero la gente del barrio te trajo de vuelta hasta San Jacinto. ¡Qué historias cuenta mi abuela! ¡Y qué torrijas tan buenas hace! Ahora me comería por lo menos dos...

Estas Semanasantas están hechas con dulzor porque la infancia es un tiempo de miel y de caramelo, de gusto por los grandes misterios dorados. Pasos que van explicando la Pasión de Jesús a retazos y que se viven de otra manera si estás en primera fila, porque se siente el esfuerzo de los costaleros y puedes, con mucho disimulo, acariciar los respiraderos y los faldones que van pasando tan cerca de ti.
Como has hecho con ese enorme paso en el que primero aparece un Cristo con la túnica blanca, maniatado, dejándose llevar con resignación por un grupo de romanos. Después, allí en lo alto está Herodes sentado en su trono, debe ser importante, pero su rostro te dice que no es un hombre bueno.

Otro día puedes contemplar asombrado como unos sayones están levantando con cuerdas la cruz donde han clavado a Cristo, mientras a un lado esperan su turno los dos ladrones, uno bueno y otro malo. Cuando crees que lo has visto todo aparecen dos romanos acompañados de sus caballos, entonces se te abre la boca y no eres capaz de cerrarla en toda la noche. Así vas conociendo los diferentes personajes que viven sobre los pasos, a reconocer a María Magdalena porque no tiene velo, a buscar la bolsa con las treinta monedas, la gota de sangre que enrojece el monte florido, los apóstoles que duermen bajo el olivo… historias que te cuentan y que vas haciendo propias, como si el huerto de Getsemaní estuviera en la Alameda y el monte Calvario empezara en la cuesta del bacalao.

Pero la infancia es también un tiempo de sombras y miedos, y sientes bastante congoja cuando en la noche callada tres golpes de martillo levantan un oscuro paso de madera con cuatro hachones de cera verde. Dos ángeles escoltan a un Cristo que ya está muerto, sin embargo parece tan sólo... Lleva la cabeza caída y el cuerpo vencido se dobla sin fuerzas hacia un lado, el incienso se te hace amargo en la boca y te cuesta trabajo olvidar lo que acabas de ver.

Más angustiado te quedas cuando en otro paso observas cómo Cristo es bajado de la cruz. Dos hombres subidos en lo alto de las escaleras lo están descendiendo agarrado por sábanas blancas, el cuerpo se desplaza de un lado al otro sin parar, y cada vez que se mueve, duele.

Vamos creciendo y llega un año en el que no puedes esperar más. Has decidido hacer el recorrido completo. El cansancio de tantas horas en la calle se va acumulando en los pies, el capirote se nos va clavando sin misericordia por toda la cabeza, la cofradía no avanza y cuando lo hace las calles parecen alargarse eternamente, un aire frío se va metiendo por debajo de la túnica, ya estamos en el barrio, sería tan fácil atajar para volver a casa, pero hoy toca aguantar como sea y llegar hasta la iglesia. Agotados, pero victoriosos, dejan al entrar el cirio y, como si se tratara de un rito de paso, se sienten mayores. Saben que el dobladillo de la túnica no da más de sí y que encargarán una nueva para el año que viene.

Grandes estos valientes
Que de Sevilla volvieron
¿son grandes o son pequeños?
Salieron niños,
hombres y mujeres han vuelto
y orgullosos van pregonando:
 Yo hice el recorrido completo
Con mi hermandad de San Gonzalo.

La última vez que me llevó mi padre a la Semanasanta fue para ver entrar a Los Estudiantes. Ya había caído la noche yerta sobre las flores cerradas. Los jardines estaban callados, mudas las fuentes y la piedra, sin ecos de cigarreras. Un Cristo viene muriendo entre hachones de tinieblas, el cuerpo trae vencido, ni un respiro le queda. Buena Muerte en sus ojos sin mirada, Buena Muerte en sus labios sin palabras.

Cuando los dos pasos ya están dentro de la Universidad, los costaleros salen a la calle y entusiasmados no paran de abrazarse, era la primera vez que unos jóvenes osados se atrevían a sacar un paso. Visten, sin pretensiones, pantalones negros y camisetas blancas, algunas de tirantas, se les ve sonrientes, eufóricos, llenos aún de ganas y fuerza. De aquel grupo cuatro son estudiantes de Medicina: Guillermo Orellana Delgado, Eduardo Esteban González, Francisco León Vargas y Manuel Alonso Ruiz Luna. Probablemente ninguno sea consciente de que están iniciando una nueva etapa para una España moderna que no tardará en llegar. Algunos creyeron que la vieja Semanasanta se desvanecería con la democracia, que se perdería para siempre, como la costumbre de guardar luto o el cansino hábito de recitar el rosario, que ya no tendrían sitio para pavonearse los militares que iban presidiendo los pasos. Sin embargo, quienes así pensaron no comprendieron los muchos significados que esta fiesta tiene y, naturalmente, como hoy podemos comprobar, se equivocaron por completo. En los ochenta la Semanasanta se aupó, en parte, gracias al ímpetu de unos jóvenes costaleros, que no les importaba ensayar casi todas las semanas y que, llegado el momento de salir, aparecían orgullosos con la faja y el costal en la mano en las puertas de las iglesias y entre las filas de nazarenos. No, no se podía terminar la Semanasanta, sin embargo, los sueños que tuvimos de hacer una sociedad más justa, aquellas promesas que nos hicieron de que era posible un mundo mejor, sí que quedaron olvidadas entre las hojas de los viejos catecismos que abandonamos en el trastero.

Continuara....



3 comentarios:

  1. Nunca he sido muy adepto a escuchar pregones, pero este me ha llenado de ilusión desde el momento de su anuncio, principalmente porque también esta Semana Santa, y de manera casi milagrosa, tendremos el placer de estar con Rafael por Triana, en El Ancla... Nada sabía de que estuviera preparando su canto de un tiempo tan suyo y como agradecimiento a quienes le han cuidado durante su silencioso Calvario.
    Todo un regalo que le agradezco a Regine.

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  2. jimenezjb12/4/14 23:09

    Gracias Regine por permitirnos leer este pregón. En la Misa de Requiem ya se leyó el fragmento de "Mirando al Cielo" y fue muy emotivo. En esa estación de penitencia del Viernes Santo no estarás sola, Rafa te acompañara todo el camino, al igual que a muchos amigos que sentiremos su presencia.

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  3. Elisa Santos14/4/14 12:12

    Hoy cuando veamos San Gonzalo en la calle, recordaremos ese lunes santo viendo pasar La Salud en la puerta de ambulancias de la antigua Cruz Roja de la calle San Jacinto.
    De tus palabras Regine se desprende un gran amor, haría falta no tener alma para no emocionarse con ellas.
    Gracias por compartir este pregón y por abrirnos un poco tu corazón, es fácil comprender mirando a través de esta pequeña rendija por qué en un rincón de Cádiz un Trianero mu trianero se enamoró de una Francesa...

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