martes, 5 de julio de 2011

DESDE EL MONTE PIROLO: "LA ANÉRDOTA"


LA ANÉRDOTA
(De un torero en París)

Lo prometido es deuda y el tiempo es oro, por eso no he podido escribir antes esta anérdota. Jiménez jb en un comentario es esta Triana en la red (pinchar en etiquetas: Tauromaquia. Comentarios en Belmonte) que Belmonte salía reflejado en la película de Woody Allen, "Midnight in París" (Medianoche en París), efectivamente allí estaba Belmonte que más que Belmonte era Rodolfo Valentino con un aura de calavera, semental y nocheriego, que a mí no me cuadró en absoluto, creo que Woody lo quiso mitificar según le han contado de los toreros en la última etapa de Ernest Hemingway aquí en España donde acompañaba a dos toreros -décadas de los cincuenta y sesenta- que sí tenían fama de eso, pero a lo peor no era tan fiero el león como lo pintan. De faroleos novelescos estamos hasta el gorro y los taurinos sabían y saben que el valor y la suerte, para ser figura del toreo, se van entre las cornadas y la picha. También Hemingway sale en la película hablando de la valentía y la muerte, magnificando a todo el que hacía lo que él no era capaz de hacer, fue su línea en vida. También están Picasso, Dalí, Buñuel... españoles todos que sin ellos quizás, según la película, el surrealismo de los años veinte en París serían una entelequia.
Pero no quiero referirme a los famosos años veinte sino a una época anterior, "La Belle Époque", donde los intelectuales tanto de España como del sur de Francia se hacían acompañar de personas raras, excéntricas, distintas, de rara avis, para darse tono y llamar la atención... y los toreros lo eran.
Belmonte nunca fue como los demás, hasta en eso era distinto, no esperó que se arrimaran los intelectuales a él, en su inteligencia natural y en su afán de aprender supo del grupo que podía hacerlo y lo hizo desde su etapa novilleril cuando ya el cotarro estaba revolucionado con su valentía y desprecio a la muerte.


Ahí lo tenemos con Ramón del Vale Inclán, Pérez de Ayala y el escultor Sebastián Miranda.
Josefina Carabias, periodista que en el epílogo del libro "Juan Belmonte, matador de toros" en la edición de Alianza, dijo que según Paco Madrid, torero malagueño, Juan Belmonte era una rareza ya que desde novillero llevaba una espuerta llena de libros. Leía en el tren, en las posadas de los pueblos, en las enfermerías y hasta en los calabozos de los pueblos, donde algunas veces nos metían ciertos alcaldes feroces. Belmonte antes de tratarse con ningún intelectual ya lo era de vocación. Lo primero que hizo en cuanto enmpezó a ganar dinero fue comprarse una biblioteca y ponerse un cuarto de baño. Nunca se ocupó de tener buena ropa ni alfiler de corbata. Pero un torero más bañado y más leído no lo hubo ni lo habrá.
Maria Isabel Cintas Guillén, en su introducción y edición al libro de Chaves Nogales del mismo título, dice que más tarde ya en Madrid entró Juan en contacto con los intelectuales, llegando a descubrir a través de las diferencias de estilo y lenguaje una extraña semejanza entre aquellos artistas y escritores de espíritu rebelde con la rebeldía y anarquía de su pandilla de Triana.


Belmonte, riéndose de verdad, ya novillero, con parte de su pandilla de Triana, se le nota la cara de satisfacción de estar entre los suyos a los que no olvidó y añoró durante toda su vida. A falta de pan buenas son tortas. Juan buscó entre los intelectuales la anárquica pandilla trianera que le faltaba.
Pero la "anérdota" a la que me refiero no es de Belmonte. Quizás Emilio Jiménez la conozca en su exilio moruno cordobés porque allí me la contó, hace alrededor de treinta años, un viejo de Córdoba aficionado a los toros.
Antes he dicho que tanto en los años veinte como en "La Belle Époque" francesa los intelectuales y gente importante cuando iban a París les gustaba ir acompañados de toreros. Amigos y partidarios llevaron a París a Rafael Guerra Bejarano "Guerrita" nombre artístico de joven y ya de mayor "El Guerra", famoso por su frases sentenciosas que todavía al día de hoy persisten: "Lo que no pué sé no pué sé y además es imposible". Un ejemplo.


"El Guerra", con su montera antigua de rizos, capote de paseo al hombro, corbatín y chaquetilla, no sabemos si también iba vestido con las taleguillas o pantalones normales porque vislumbro que la foto es de estudio.
Parecerá que fue un torero corriente, pero no, en su época era la máxima figura del toreo -lo que hoy se llama un figurón- y en su dilatada carrera taurina toreó, con todas las dificultades de los desplazamientos, 892 corridas de toros y 2.339 toros cayeron a sus pies. Inteligentísimo y con una filosofía natural impresionante, escuchando más que hablando, y cuando lo hacía era con frases cortas pero dichas con una personalidad que asustaba, eran sentencias, cuandovio por primera vez a Belmonte de novillero dijo: "El que quiera verlo toreá que se aligere", se impresionó con el valor y la técnica "sui géneris" de Juan que él no entendía y se equivocó, afortunadamente. Ellos hablaban de los terrenos del toro y del torero, para explicar su tauromaquia, y llegó Belmonte y dijo que todos los terrenos de la plaza eran del torero y del toro ni un grano de arena, que el toro era un animal y tenía que ir por donde el torero lo mandara.


Estos eran los gayumbos que mataba "El Guerra", fijarse bien, con alrededor de 35 arrobas a la canal, sin el quinto cuarto, "lejos de suelo", la cola llegando a la arena, la culata acochinada, el costillar hondo y el tercio delantero aleonado, con "cara de hombre" y dos perchas que cabe 10 ó 12 trajes y de 15 a 20 sombreros, le calculo de siete a ocho yerbas. "El Guerra" a pleno volapié, más "vuelapié" que nunca ante esa delantera, en un tiempo en que un simple puntazo (piel, tejido celular y aponeurosis) o un arañazo y no digamos una cornada podían fácilmente provocar una gangrena con amputaciones y muchas veces la muerte. Calvo, no por la edad sino porque siempre iba tocado y el pelo no respiraba, pero se le ve fuerte y ágil como una pantera. Un auténtico valiente rayano en suicida, como para no llevarlo a París y enseñarlo.


¡Vaya cuarteto! ¡Casi ná! Por orden de antigüedad como en los carteles: El Guerra, con sombrero blanco de alancha y ya mayor, Machaquito, con mascota y corbata; Rafael "El Gallo", sombrero negro, y José "Gallito",
destocado, sólo falta Belmonte, pero como sabemos que no le gustaban los retratos estaría por ahí haciéndose el longui. Este retrato es en Córdoba donde El Guerra era una auténtica institución y un libro de consulta para los toreros hasta el punto que no había novillero o matador de toros que al pasar en sus desplazamientos por Córdoba no bajara del tren y fuera a casa del Guerra a saludarlo, pedirle opinión y presentarle sus respetos. Del mundo taurino viene la expresión: "En Córdoba, parada y fonda".
No tengo constancia de si Juan Belmonte se bajó alguna vez del tren aunque fuera para mear.


El Guerra al saber que el rey D. Alfonso XIII se encuentra en una finca cercana a Córdoba se acerca a saludarlo y el monarca, vestido de montero, le ofrece su cercanía abrazándole en vez de mantenerlo a distancia dándole la mano, señal que el Rey tenía amistad o sentía gran admiración por el torero que se destoca respetuosamente en presencia de tan regia persona.
Es importante fijarse en el "vestío" de "El Guerra" que era el traje de calle que utilizó siempre en su vida de torero, y digo vida de torero porque nunca dejó de serlo, genio y figura hasta... eso.
Marsellés al hombro y chaquetilla corta con botonadura de plata simulando monedas, camisa de chorreras con botones perlados o de bolas de oro, chaleco con la misma botonadura que la chaquetilla, fajín, carzonas (así se llaman los pantalones de corto) abiertas con caireles de estribos de plata y botos camperos probablemente lustrados, sombrero de alancha (ala ancha) cordobés, que se diferencia de los clásicos en que la copa es más alta, hay una variante de este sombrero que es el cañero, lo utilizaba el rejoneador Antonio Cañero, con la copa un poco más alta que el cordobés y más estrecha por el final que por la base. Se puso de moda hace poco tiempo entre los rocieros, con el pañuelo de hierbas y la faja ancha y negra de segador. Por cierto que ese pañuelo de hierbas antes se le decían valencianos y los toreros llevaban capotes y muletas liados en ellos. Clásico de los maletillas aguantado en los hombros por el palo muleta (estaquillador en madrileño).
Pues de esta guisa y en su mejor momento como torero se presentó nuestro hombre en un casino parisiense acompañado de unos amigos, resonando el eco de los andares en el suelo, delicado y brillante como una patena, al choque de los botos camperos y con unas carzonas tan estrecha que se le señalaban hasta las venas, tocado con su sombrero de alancha y el marsellés al hombro porque no se fiaba del guardarropa. Así me lo contaba el viejo aficionado cordobés.
Al ruido de la tropa todas las personas del casino, clientes y trabajadores, se quedaron en suspenso, estupefactos, mirando al grupo y sobre todo a ese personaje vestido tan extrañamente. El grupo se queda parado en medio del salón, desconcertados, al ver tanta expectación creada, y es entonces cuando "El Guerra", manteniendo la mirada al frente, llena de arrogancia, se arrima a uno de sus amigos y al oído le dice: -"Oye, ¿qué quedrán conmigo tós estos extranjeros?"
Estaba en París, si hubiese estado en cualquier lugar del mundo hubiera preguntado igual. Toda una filosofía y toda una cultura. Para él todos los que no fueran españoles eran extranjeros.

A. Fernández de Cachero M.
Julio 2011

6 comentarios:

  1. Anónimo5/7/11 13:17

    Como siempre todo lo que escribes, cantas o pintas me parece que tiene mucho arte.Un abrazo maestro de la vida,de la profesión y de la amistad.


    Un amigo, compañero y discípulo cordobés.

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  2. Rafael M.H.5/7/11 13:37

    Mediodía en TRiana, unas cuantas imágenes, pero el blanco y negro ha dejado de ser plano, como ese toro que ha cogido volumen con tus palabras, y, al final he sentido la entrada de El Guerra en el salón parisino, como se sienten los ruidos en la noche.

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  3. jimenezjb5/7/11 17:52

    Los tiempos han cambiado y ahora por París ya no pasean los toreros españoles; estos les han dejado paso a los ciclistas y a los tenistas españoles. Nada que ver... ¿estaría también Zeppelin por París?
    Interesante "anérdota", Antonio.

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  4. Como el Guerra ante el rey, me descubro ante ti y tu genial cultura. Toda una delicia el relato que, desde luego, no tiene desperdicios. Viva el pueblo y quien lo entiende y sabe explicarlo.

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  5. Gracias por los piropos.Al anónimo le diría que de maestro nada, como decía Juan Belmonte los maestros son los que estudiaron para maestro escuela, los demás hacemos lo que podemos y lo mejor que entendemos y que la suerte nos acompañe.De eso se trataba, Rafaé, de poner los retratos en 3D, cogistes perfectamente la idea y si Zeppelín hubiera estado en París seguramente hubiese acabado con el cuadro -no de la bicicleta- y el surrealismo se habría elevado a la máxima potencia. Ángel se nota a la legua que me aprecias demasiado y yo a tí también. Y a todos.

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  6. jose antonio vidal arcioles19/7/11 13:54

    Que alegria experimente anoche en Triana.Tenía que ser la Viren del Carmen, la que auspiciera nuestro encuentro.A penas unos segundo, los que dura una abrazo del alma, !cuantos recuerdos ...¡ Que dios te guarde.

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