martes, 5 de abril de 2011

TRAS LA RAÍCES DE TRIANA: UN PINO, DOS PINOS, TRES PINOS, ¡COÑO, LA MAR!


Seguramente este árbol sea de los pocos que la gente conoce, sus estrechas hojas punzantes en verdor permanente, las piñas, siempre altas, cerradas en un hermoso y brillante cono o ya abiertas, grisáceas, casi hechas piedra.
Sin embargo, aunque cuando florece se llena por completo de sacos amarillentos rebosantes de polen, son pocos los que aprecian como cambia de aspecto (y muchos los que sacan sus pañuelos porque la faena que produce la alergia suele ser de aúpa).


Los pinos pertenecen a un grupo de plantas denominadas coníferas, que se caracterizan porque no tienen las típicas flores con estambres y pistilos, sino que sus flores son conos masculinos, que contienen el polen y conos femeninos, que parecen piñas en miniatura.


A comienzo de la primavera en los brotes nuevos, que se elevan al cielo con fuerza como lanzas de tiernas hojas replegadas, se ven las flores masculinas agrupadas en torno al tallo, mientras que los conos femeninos surgen solitarios en los extremos de la rama.

Se piensa que los antecesores de los pinos surgieron hace unos trescientos millones de años y cubrían gran parte del hemisferio norte, sin embargo desde hace cien millones de años han quedado relegados a las zonas frías, pues han sido sustituidos por otras especies arbóreas con flores, que gracias a los insectos se reproducen con más facilidad. Para los pinos y otros árboles parecidos, los primeros insectos fueron unos enemigos que se alimentaban de sus flores, por eso tenían que fabricar resinas y otras sustancias para defenderse de estos depredadores. Aún la evolución no había inventado a los insectos como vehículos transportadores del polen y la única manera de hacer llegar éste hasta las flores femeninas era con la ayuda del viento y dado lo caprichoso que son sus viajes, los pinos se ven obligados a fabricar de gran cantidad de flores masculinas para asegurarse su continuidad como especie.


Siempre me han gustado los pinos, y aunque no llegan a alcanzar la altura de abetos o cedros, ni son tan estilizados como éstos, les tengo mucho cariño porque los considero muy de aquí, sufridores de veranos insoportables, bondadosos en sus semillas comestibles, alegres por su colorido, compañeros de juegos. Los pinos de la costa onubense eran la señal, en aquellos domingos de mi infancia, de la cercanía al mar, con la pelota de goma entre las piernas y el aroma de los filetes empanados de mi abuela que llegaba desde atrás, no paraba de moverme sentado como estaba junto a mi madre, siempre ella tan conforme, entonces no tenía que preguntarle más a mi padre el tiempo que faltaba para llegar, me quedaba callado, mirando como pasaban uno tras otro, miles de pinos que se encaramaban a las areniscas rojizas y entonces, de repente, el cielo se dividía en dos y bajo el horizonte el agua azul resplandecía en los temblorosos destellos plateados que, a veces tiene la felicidad.  

Rafael Martín Holgado.  

7 comentarios:

  1. Este me lo sabía.

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  2. Qué poético título, Rafa. Se nota que esta vez estabas especialmente inspirado.

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  3. Rafael M.H.6/4/11 20:20

    De desagradecidos está Triana llena, jo si lo sé me callo. Estuve dudando entre este título y éste otro "El pino de Emilio" (porque sabía que se lo sabía), pero me pareció que no se iba a entender muy bien cuando hablara de los brotes nuevos que se elevan al cielo como lanzas o los chorreos de resina que resbalan por el tronco. En fin que si ha molestado, lo siento, no era mi intención.

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  4. Anónimo de Castilla6/4/11 21:34

    Todavía se recuerdan por Castilla esos "viajes" de un día, que digo yo un día, de horas, en un coche sin aire aocndicionado, con la ventana de tu padre abierta, por donde entraba todo el aire y el ruido del mundo, que no dejaba escuchar el casette de Los Romeros de la Puebla, con aquella letra inolvidable que decía: el embarque del ganao levanta una polvarea....Pero el olor de los filetes empanaos seguía ahí hasta que llegaba el de los pinos y ese si que era un pregón que anunciaba las horas de arena y agua, de juegos y paseos, de miradas y de encuentros ....y de vuelta, cansados, quemados y molidos... pero llenos.

    ¡Qué dias aquellos!

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  5. José Manuel Holgado6/4/11 23:57

    Rafael tu no molestas en el jamás de los jamases, al contrario nos enseñas cosas extraordinarias y siempre con tu nota poética que no hay quien la mejore y mira... quien le pique, aunque sea por causa de los pinos, que se rasque, que otro refrá dice, que comer y rascar, hasta empezar y que no hay mal que cien años dure y que rascando, todo es sanando y no sigo porque se me nota que he leido dos veces el Quijote y Sancho era un maestro en eso de los dichos.
    En fin, que... un abrazo a los trianeros de pro.

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  6. A mí me encanta el título, aunque lo más importante es el desarrollo del tema: magnífico, como siempre.

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  7. Rafael M.H.7/4/11 14:02

    Sencillamente era así Anónimo de Castilla, volvías lleno, pero también quemado y molido y esa noche toda la piel picaba, José Manuel, parecía que en vez de sábana y colchón, estuvieses echado sobre sobre fantasmas de erizo, adobado casi tras las friegas de vinagre, el descanso del guerrero que se ha batido contra gigantes de agua y en los sueños, como ahora, se desarrollaba el siguiente tema, Emilio, aquí seguimos.

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