sábado, 11 de enero de 2014

EL DEDO DE RODRIGO


Armando Gutiérrez: Andalucía por delante.



         Cuando se llega a cierta edad los años empiezan en enero y acaban en diciembre; no es perogrullada, ocurre que los días vuelven a tener la identidad y el peso temporal que tuvieron en las aulas del colegio en nuestros tiempos infantiles. Cada mañana, antes de abrir el cuaderno, el maestro dejaba bien patente en la pizarra la fecha que había que consumir, hora tras hora, sólo que los niños no echábamos mucha cuenta salvo que estuviéramos cerca de las vacaciones de verano o Navidad. Pero a estas alturas del calendario de la vida uno hasta llega a obsesionarse con el día de la fecha porque ya vamos restando cuesta abajo. Cada noche, cuando voy a cambiar el día en mi “taco” de Benedetti, me da la impresión de que no hago otra cosa de rápido que transcurren las veinticuatro horas... con lo que volábamos los niños en esa eternidad...

         Han transcurrido veinte años, esos del tango, y es verdad que no es nada. Veinte años... ¿Cuántos acontecimientos sustanciales en los primeros veinte de la existencia...? Pues en estos no ha pasado casi nada, y el “casi” es porque se estrena estado: el de abuelo. Existe un dicho que viene a convencernos de que de todo hace ya mucho tiempo, que es como darle la vuelta a lo que sentimos ahora que puede resumirse en una corta frase: todo fue ayer mismo... Ocurre que esta mañana, en esos minutos trascendentes del afeitado, he recordado que mi amigo Armando Gutiérrez falleció en los primeros días de 1994; un fulminante infarto acabó con su vida de poeta y rapsoda apasionado. Armando fue uno de esos amigos que llegan tardíamente para formar parte activa y continuada en tu vida social cuando más se aprecia el afecto. Nos unía la preocupación inevitable por cuanto ocurría en nuestro barrio y el gusto por la poesía popular andaluza. Además, formaba parte de la redacción de la revista “Triana”, de un grupo de trianeristas confesos que se juntaban la tarde de cada viernes en Casa Cuesta.

         Armando se había casado con la cancionista Lolita Arispón, una muchacha de la calle San Jacinto que abandonó su prometedora carrera tras la boda con quien fue compañero en muchos espectáculos, el galán-rapsoda nacido en la calle Pureza. También nuestro recordado amigo decidió cambiar los pesarosos viajes en trenes por los que realizaba en su coche al servicio de una casa de pinturas. Pero donde fuera, Armando era artista y tenía ese porte distinguido aún jubilado; pelo largo y cuidado y siempre elegante. Así, que como no tenía grandes obligaciones, en más de una ocasión acompañó mis viajes a localidades cercanas en gestiones laborales. Lo recogía de su casa en Coca de la Piñera y allí lo despedía después de una jornada llena de confesiones interesantes, porque así fue su vida desde que, casi niño, ganó un concurso en “La Manigua”, la sala de la calle Betis. Allí se curtió ejerciendo de presentador y recitando sus poemas clásicos. Y en ese ambiente conoció a Lolita.

         En números de la revista del barrio quedaron sus trabajos cuajados de lirismo y encendida pasión que alternaba con páginas de sus recuerdos de poeta de escenario. No olvido que me hizo una relación de los trianeros que habían trabajado con él en aquellas compañías que iban de pueblo en pueblo alegrando y aligerando, lo que podían, el pesado ambiente de posguerra (aquí, la memoria de “Cómicos”, la película de Fernán Gómez). Contaba Armando que actuando en un teatro de Valladolid lo detuvieron por recitar a poetas prohibidos y que, por tamaño pecado, dejó de figurar en los programas con su nombre de pila cambiándolo por “Juan de Triana”.

         Zeppelín, el eterno ciclista del corral del Cura vencedor en 503 carreras, fue quien nos lo presentó como un digno aspirante al pregón de la Velá; eran los fructíferos años de Paco Arcas en la Tenencia de Alcaldía, y en uno de aquellos viernes de Cuesta quedó fijado su nombre. Era su sueño desde el momento en que se jubiló y volvió a entregarse en cuerpo y alma a la música de la rima. Y Armando fue la voz de la Velá de Santa Ana  en 1986 en el escenario ideal, el Hotel Triana... “Aquí me tienes, Triana, con unos años de más, el pelo entre cano y nieve...”; se quedaron fijadas las primeras palabras de su pregón que tantas veces le repetí. Después, siguieron otros pregones; yo mismo lo presenté en el de la Semana Santa del barrio; era tan apasionado que se esforzaba al límite de su resistencia física en cada frase, en cada verso. Un pregonero único que, además -hay que sumarlo- dibujaba y pintaba con maestría.

         Un año, su grupo de amigos le organizamos un homenaje al matrimonio Armando-Lolita en un restaurante de la Cava de los gitanos. Algunos de aquellos camaradas también se fueron..., pero todos fuimos entonces, en una de esas tardes trianeras inolvidables, beneficiarios de la voz de Lolita Arispón después de años sin cantar. Y les dedicamos odas de admiración entre abrazos y risas. Fue una muestra del rescoldo que quedaba de la Triana pura de nuestros mayores.

         Siguió escribiendo y recitando hasta el último día; memorable su noche en la Peña Trianera. Le animamos para que recogiera su obra en una antología y la idea cuajó en el libro “Flor de papel” que quedó por siempre como testimonio vivo de su inspiración y su alma andaluza.

         Mas sus amigos no estábamos dispuestos a dejar de verlo por Triana. Así que promovimos la placa de cerámica que, unos años después, quedó colocada en la casa que ocupa el solar de la que fue su cuna... “En el antiguo 16 de esta calle creció en cuerpo y versos el rapsoda Armando Gutiérrez ...”. Y allí lo saludamos tantas veces.





Ángel Vela Nieto 
           


         

2 comentarios:

  1. jimenezjb13/1/14 21:28

    Hace poco, rebuscando entre papeles y recortes antiguos, encontré un anuncio de "La Manigua" que anunciaba un martes 26 de Junio de 1945 el siguiente espectáculo:
    Paquita Rico: la trianera de bronce, Estrellita Romero y Mari Reme: bailarinas, MArgot y Chiverto: bailes acrobáticos, Paddy y Cia: mil carcajadas por minuto, Los Arizonas: los colosos de las canciones subamericanas. Negro Rafael y Machín: los mejores cantores de la actualidad y, como no, Armando Gutierrez: recitador. Y todo en calle Betis, 29.
    ¿Hay quién de más?

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  2. Armando publicó en la revista "Triana" varios programas de "La Manigua". Ya ves, Armando y Paquita sólo tenían que atravesar la calle Pureza para llegar a donde lucían su arte. La grandeza de Triana.

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