lunes, 29 de octubre de 2012

EL DEDO DE RODRIGO

CURRO EL MANCO

     

     No sé si Andrés Martínez de León llegó a conocer al personaje del título; si sabemos que el pintor trianero fue amigo del costumbrista madrileño Antonio Díaz-Cañabate (1898-1984). Este divertido escritor, también periodista y crítico taurino, relata entre sus “Anécdotas de Feria”, escritas en 1956, lo que le sucedió en Sevilla allá por los años finales de la década de los veinte; una curiosa historia que voy a contar, no a transcribir.
       Un día un amigo lo llevó a Triana a un cafetín donde paraba un cantaor... 
     -Ya verás que tipo, le llaman El Manco, porque los brazos no le sirven para nada. No ha dado un golpe en su vida. Tiene sesenta años y lo más que ha andado son veinte metros que hay de su casa al cafetín.
      Y así -cuenta Cañabate- llegaron a un lugar sórdido, estrecho, con densa atmósfera y humazo pestilente.
      -¿Está Curro?
      -Ahí anda un pedazo.
     El Manco se estaba fumando un cigarrillo de estopa por el humo que echaba. La silla era una continuación de su cuerpo por lo bien que estaba sentado...
      -Sentarse y que os den de beber.
    Pulcramente vestido tenía una dejadez natural y elegante que desentonaba con el infecto tugurio. Bebía aguardiente.
      -Le he dicho a este amigo que eres el mejor cantaor de Sevilla.
   -Con que lo fuera de Triana me conformaría. Pero esta noche no canto. Porque un cantaor no es un pájaro que ha nacido para cantar. Un hombre canta cuando le sale de dentro, cuando lo necesita para seguir suspirando. Y yo hoy estoy muy a gusto aquí y ya he abierto demasiado la boca, y la boca no se abre más que para beber.
    -Pero es que este hombre es forastero y a lo mejor no tiene otra ocasión de oírte...
    -Sin oírme ha vivido hasta ahora.
    -Es que tú conoces el cante como nadie...
    -Yo no conozco nada. Este rincón y mi casa es lo que conozco del mundo. Y vivo tan ricamente.
    Y Díaz-Cañabate concluye su anécdota trianera en afectado y solemne tono: “No se me ha olvidado nunca Curro El Manco. Un rincón en lúgubre cuchitril. Una cama. Aguardiente. Cigarros. Una silla. Y cuando el cante empuja, cantar. ¡Y vivo tan ricamente! Muchas veces en mi vida he envidiado a Curro. Muchas veces soñé haber nacido en Triana”.
    No sabemos si realmente existió Curro El Manco; no parece, por la sinceridad de las palabras del escritor madrileño, que fuera fruto de su imaginación. Pero tomémoslo como arquetipo de los muchos Curros que vivieron siempre del puente para acá sin más mundo que el que le hacía feliz: la paz mil veces acariciada de un rincón compadre, el dulce rescoldo del aguardiente en la garganta y el cante como desahogo o escalera hacia la gloria, efímera y necesaria, cuando saltaban ávidos los duendes...
    “Feliz el que nunca ha visto/ más río que el de su patria,/ y duerme anciano a la sombra/ donde pequeño jugaba” (Alberto Lista).

Ángel Vela Nieto
(Del libro “Triana, la otra orilla del flamenco”) 

4 comentarios:

  1. Un hombre canta cuando le sale de dentro, cuando lo necesita para seguir suspirando... ¡Cuánta poesia en su boca! Y sabiendo cómo y porqué lo dice.
    Y el libro, Ángel, ¿para cuando?
    Saludos

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  2. Que digo yo que sin podé trabajá y sin queré cantá de profesioná alguien correría con lo del aguardiente y las invitaciones.En el fondo llevaba razón porque:

    Pa viví, solo hace farta
    una mesa,cama, silla
    y un techito pa guardarla.
    Ademá de una paguita,
    pa los gastillos de guerra,
    viví de el arte no quita
    que los pies estén en la tierra.

    Un texto con salero y la ilustración fenomená.

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  3. Este tipo de libro, amigo José Luis, es de esos que se convierten en saco sin fondo, una boca abierta a la que no dejo de alimentar. Y es que la orilla de la Triana flamenca no tiene límites.
    Pues el salero está en tus versos, Antonio.
    Imagino que Curro sería un "bien protegido" del tabernero. Y es que, como vemos, atraía personal al negocio, cantara o no cantara. Hasta llegaban de los Madriles...

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  4. Rafael M.H.1/11/12 11:01

    Eres un magnífico contador de pequeñas historias, de anécdotas y vivencias personales, que dejan ver la Historia, con mayúsculas, de nuestro barrio. Bonito, Ángel

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