jueves, 4 de noviembre de 2010

DE CERCA: NUEVA TESIS PARA NANCY



Ramón J. Sender retrató en su libro “La tesis de Nancy” el asombro y la  perplejidad de una estudiante americana durante sus días en Andalucía. En estos últimos años, la movilidad entre estudiantes de toda Europa ha llenado Sevilla de nuevas Nancys, muchas de ellas vecinas por un tiempo de Triana.
Os contaré la historia de mis dos Nancys favoritas: Alison y Rose. Alison es americana, de Kentucky, y vino a parar a Triana porque un amigo de un amigo de un amigo le había hablado de un bar de la calle Castilla en el que se comían unas croquetas fantásticas y un buen jamón. Cuando llegó de USA contratada por el Ministerio de Educación para atender a mis alumnos en sus clases de inglés, como auxiliar de conversación, no hubo forma de encontrar el dichoso bar. O había desaparecido o las señas que le dio su amigo eran inexactas. El caso es que los primeros dos meses de su estancia entre nosotros se los pasó probando las croquetas de todos los bares de Triana…y sin ser capaz de dilucidar cuáles eran las mejores. Un fin de semana se perdió. No había forma de localizarla en su móvil y todos estábamos pendientes de qué podía haberle pasado. Pues bien: cuando reapareció triunfalmente nos contó que, estando en uno de los bares de la calle San Jacinto (no recuerdo cuál) probando algunas delicatesen que le habían recomendado, llegó un grupo de gente que estaba preparando, según ella, “un carromato” para irse de romería. Ni corta ni perezosa nuestra Alison (Ali ya en esas fechas para todos nosotros) decidió acompañarlos a preparar flores de papel y a coser abanicos en la tela del supuesto “carromato” que tenían aparcado allá por Gines. Cuando ya estaba próxima su marcha y estaba despidiéndose de sus amigos de Triana (todos ellos asiduos de los bares a los que había estado acudiendo en busca de su ansiada croqueta espectacular), lloraba de pena al pensar que esas tardes, esas mañanas de domingo, esas noches de viernes, iban a estar huérfanas, lejos de aquí. Se despidió rumbosamente de todos en Casa Cuesta y a cada ración que traían ella iba haciendo los honores, explicando cuidadosamente cómo se construía, cómo se guisaba y cómo se servía, con el asentimiento de los camareros que perdían así a una de sus mejores y más aventajadas parroquianas.
Mi segunda Nancy se llama Rose, Rosemary, aunque todos la llamamos Rose, menos cuando se pone a bailar y entonces la llamamos Rosita. Rose llegó al año siguiente, cuando se había ya marchado Alison, y tuvo que compaginar su Erasmus con unas horas de conversación en inglés para nuestros alumnos. A Rose la pierde el flamenco. Se buscó un piso de alquiler en la Cava y se apuntó a clases de baile en una academia. Cuando llegó la feria de Sevilla estuvo bailando los siete días; hubo que llevarla a la salida de las carretas del Rocío y a la feria de La Puebla, el día del Corpus. Se hizo un traje de gitana, malva con los adornos en rosa y adelgazó no sé cuántos kilos de tanto baile, aunque no tenía mucho que perder. Le costó aprender a decir “ole” pero, cuando lo logró, no había otra más graciosa que ella. Rose es inglesa, de Bath, una preciosísima ciudad del suroeste inglés, cercana a Bristol. Como todos los habitantes de Bath tiene muy a gala su maravillosa arquitectura victoriana y habla de ella constantemente. Pero, como ella misma decía, “muero con Triana” y no le hubiera importado seguir viviendo otro año más en el minipiso que había alquilado y por el que le cobraban casi un ojo de la cara, con tal de seguir disfrutando de su baile y sus amigos trianeros.
Así que, estas Nancys, al igual que hiciera la Nancy de Sender, tienen bien claro dónde está lo bueno y saben que disfrutar de las cosas es algo que, cuando se es joven como ellas, se convierte en una obligación. A ninguna de las dos las atrapó el amor estando aquí, lo cual hubiera sido un seguro para que volvieran, pero puedo decirles que se enamoraron de Triana y que, de vez en cuando, en sus postales y en sus mails, nos dejan la huella de su nostalgia por este barrio, que siguen recomendando a sus amigos.
De modo que, cada año, una nueva Nancy llega hasta nosotros… Quizá la veas pasear por la calle: joven, despeinada, rubia o quizá pelirroja, pero irremediablemente feliz.


Caty León Benítez

3 comentarios:

  1. Siempre me divirtieron estas narraciones de Sender, porque las viví casi iguales muy de cerca en mi época del servicio militar, en el año 1970,cuando conocí a muchas extranjeras: Cassandra, Vini, Paola..., que se creían que los gitanos salían por las calles como germinación espontánea. Cuando vieron que no era así, y de mi mano conocieron Triana, no había forma de sacarlas del barrio. Te puedo decir, y sé que me crees, que muchas madrugadas sólo tenía el tiempo para llegar a casa a las 5, ponerme el uniforme y salir pará la base aérea de Morón, donde tenía que estar allí a las 7, y eso esperando que mi "Gordini" de sexta mano no se estropease por el camino.
    Muchas veces se venían ellas conmigo y terminaban en el pueblo de Morón poniendo la búsqueda en los ojos verdes de esos gitanos que soñaban. Nancy existió, y no sólo en la pluma maravillosa de Sender.

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  2. Elisa Santos4/11/10 22:29

    Realmente bonito el relato Caty.

    Doy fe de que el barrio de Triana atrapa y enamora, así que váis a tener que quedaros con ésta "Nancy de Lora del Río" durante una larga temporada...

    Un abrazo.

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  3. Emilio Jiménez Díaz4/11/10 23:52

    Ya lo hemos asumido todos estos blogueros. Una mujer de Lora del Río es equivalente a una de la cercana Cantillana -lo sé por larga experiencia-, cuyo eslogan publicita. CANTILLANA, EL PUEBLO DONDE MANDAN LAS MUJERES.

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