viernes, 5 de noviembre de 2010

TRIANA EN LA LITERATURA: WALTER STARKIE


(Hoy traemos a este blog la escena "La fiesta en Triana", incluída por el escritor dublinés Walter F. Starkie en su libro "Don Gitano" (1944), en el capítulo XXVIII, dedicado a Sevilla)


LA FIESTA EN TRIANA


Mi busca en pos de Carmen me condujo naturalmente a la ciudad de Triana, cruzando el río Guadalquivir. Porque ¿no es Triana el lugar más frecuentado por los romaníes? Preguntad a un sevillano sobre Triana y os dira que es un arrabal de Sevilla, pero sería peligroso para un forastero llamar a Triana arrabal y que lo oyese uno de sus cincuenta mil trianeros, porque juraría y maldeciría exclamando; "Triana es una ciudad aparte; tiene doble gracia y encanto que Sevilla; somos un pueblo distinto con tradición propia. Sólo hace unos cuantos años que los sevillanos se anexionaron nuestra ciudad por medio del puente. Necesitaban a Triana para tener más gracia".
El viajero sonríe porque sabe que Triana se integró a Sevilla el año 1248, cuando el rey Fernando el Santo tomó la ciudad a los moros.
Triana posee una gran historia como centro de la canción y del baile. Julián Ribera, en su libro sobre música árabe, establece que ya en los días de Ziryab, el incomparable rapsoda de Harum el Raschid y Abderramán II, el lugar ocupado por Triana era teatro de mágicas zambras que hizo de Sevilla el gran centro de la cultura musical de Occidente. Así pudo decir Averroes que cuando moría un gran músico dejaba sus instrumentos a Sevilla. Triana fué siempre un famoso lugar de reunión de los gitanos, por lo que los gitanos andaluces han apellidado a la ciudad "gitana". Hoy, sin embargo, no predominan en Triana los gitanos tanto como antes, convirtiéndose en un gran arrabal de artesanos y habiendo perdido gran parte de sus características. La mejor hora del día para visitar Triana es la de la puesta del sol, cuando atraviesan el puente toda suerte de viandantes. Si el Califa de Bagdad fuese a Sevilla y quisiese encontrar los hábitos y costumbres de sus súbditos tendría que colocarse en medio del puente para ver desfilar la harapienta humanidad que pasa de uno a otro lado. No conozco ningún sitio de Europa en que se puedan ver mayor número de tipos raros y exóticos. Por su colorismo me recuerda el barrio gitano de Bucarest, sobre las orillas del río Dombovita. El bullicio de las voces ensordecía; tonos altos y bajos, voces desagradables y metálicas, intercaladas por el ruido de bocinas de los autos, el chirriar de los carros, el monótono pregón de los vendedores ambulantes. Mirando sobre el aparapeto del puente podía contemplar el ancho curso del río color amarillento por el cual los galeones de España avanzaban cargados de oro. Abajo, en la rivera, se encuentra la Torre del Oro que fué baluarte en los tiempos de Pedro el Cruel, transformándose después en el depósito de todos los tesoros que descargaban los navíos de América. A la puesta de sol la Torre del Oro se enciende en oro y rosa. A mi alrededor se agitan algunos vendedores que mercan cintas para los zapatos, corbatas, lazos, pulseras y toda clase de baratijas de imposible descripción.
¿Por qué no saludar al crepúsculo desde el centro del puente? Mis aladas canciones no se oían entre el ruido del tráfico. Muy pocos me escuchaban excepto una anciana, coja, que se apoyaba en una muleta, abanicándose el sudoroso rostro con un pedazo de cartón. Mientras tocaba pasó por mi lado mi amigo el gitano Paco el Pelo. Paco era mi amigo jurado. Le había conocido gracias a los buenos oficios de Mariano Peña. Ningún rom goza de tan gran reputación entre la hermandad de los herreros y los demás calés que viven en el distrito de Triana, conocido por la "Cava". Un irónico y, sin embargo, melancólico camarada es Paco, hombre flaco y dispépsico. A veces despierto en él una turbulenta alegría cuando algo extraordinario excita su humorismo. Al encontrarme en medio del puente, pero apartado del tránsito, sin que la gente me prestase más atención que si hubiera sido una gárgola, mi amigo doblaba de risa su cuerpo enflaquecido.
-Vamos, Paco -le dije con impertinencia-; ¿qué diablos pasa para que se ría así? Haga lo que yo durante un rato y verá como le gusta.
-No se ofenda, amigo. No he querido ofenderle, se lo aseguro. Pero ¿por qué, ¡en nombre del cielo! toca aquí? Ni un ciego hubiera elegido este sitio; la gente le oye a usted como quien oye llover.
-No es usted sentimental, Paco el Pelo. Yo estaba saludando la puesta del sol.
-¿Necesita dinero? -me dijo?- ¿Tiene ya cama para esta noche?
-Todavía no, Paco. Pero como dice el proverbio "A mala cama buen colchón de vino". Vamos, amigo. Primero vamos a beber un poco y luego buscaremos donde dormir.
Paco descubrió para mí una cama en una antigua posada de la calle de Castilla denominada "Parador de las bocas". Todas las habitaciones estaban llenas, pero había un pasillo estrecho en el cual habían colocado cinco camas. Yo podía tomar una, según dijo la astuta posadera, por dos pesetas. Fué una lástima no haberme decidido antes que esto a dormir debajo del puente de Triana, cosa que me hubiera evitado picaduras, asfixias y la embestida de los "caballos de Satán" que se desprendían de las vigas de madera en las silenciosas horas de la noche. Una noche en la "Posada de las bocas" era bastante; por ello las otras noches de Semana Santa las pasé en la calle. Mi primera noche en Triana fué solitaria, porque Paco el Pelo se había ido a su casa. Deambulé sin objeto por muchas calles angostas y oscuras. Llegué a las once y todos parecían haberse acostado o haberse ido a ver los Pasos de la procesión.
"¿Dónde están las zambras de Triana?", me dije. Esperaba oír el rasgueo de bandurrias y de innumerables guitarras en esta sede del cante jondo. Pero no oí ningún ruido excepto el salpicar de una fuente en un vecino patio y el producido por una pareja de gatos extraviados que escarbaban en un montón de basura. La atmósfera era húmeda y pesada, pues el río estaba cerca. El olor en las calles era desagradable. De súbito, a la vuelta de una esquina, llegó a mis oídos el distante sonar de unas canciones. Salían de algún patio. ¡Si pudiera encontrarlo! Ningún caminante solitario, perdido en el bosque, busca su ruta con tante perseverancia hacia la luz de la cabaña del leñador, como yo hacia aquel remoto sonar de canciones. Unas veces me parecían próximas y otras lejanas. Pero yo me obstinaba en buscarlas entre el laberinto de aquellas calles sin luz. Por fin di con una casa grande cuya cancela se hallaba completamente abierta. Dentro, en el patio, había reunida gran cantidad de gente, escuchando a un cantaor sentado en el poyo de la fuente, que cantaba con acompañamiento del guitarrista. Todos los balcones de alrededor del patio estaban llenos de gente que llevaban el compás con los pies y aplaudían al que cantaba. En un rincón había un gran tonel de vino. Varios jóvenes llenaban sus jarras de vino. Durante un instante me detuve con timidez en la puerta. Pero apenas me vió un joven con el estuche del violín en la mano se fué hacia un viejo que evidentemente era el patrocinador de la jarana; inmediatamente fui invitado y penetré en el patio entre aclamaciones.
-¿Qué fiesta es esta? -pregunté al patrón.
-Es el festejo de un bautizo -me dijo-. Aquí tiene una copa de manzanilla. ¡Beba por la chica! Ha sido bautizada en Santa Ana.
-¿Santa Ana?
-Sí, Santa Ana. Es la iglesia de Triana en que se bautizan todos los chicos gitanos. El cura don Bernardo Guerra, casa y bautiza a los gitanos, gratis.
Al llegarme el turno de tocar, un joven tenía la caja de mi violín, mientras otro esperaba con un vaso de vino, pronto a apagar mi sed en cuanto acabase de tocar. Yo pensaba: "¿Qué tocaré yo entre estos aficionados? Nada de tangos, vitos ni malagueñas; sería una vulgaridad después de los martinetes, seguiriyas y polos que ellos han cantado". Así, pues, toqué una lenta melodía húngara, un lassu que aprendí en unos funerales en la Puszta. Después de tocar le dije al anfitrión:
-Esta pieza, señor padrino, la dedico a la memoria del gran hijo de Triana, el valeroso Gitanillo.
Gitanillo de Triana fué uno de los más grandes toreros gitanos: yo le había visto torear en muchas corridas en Sevilla, Madrid y Barcelona. Murió víctima de una cornada en 1931; yo estaba en Sevilla por aquel tiempo, cuando se celebraron sus funerales. Fué una jornada de duelo en Triana.

Walter Starkie
(Selección: Emilio Jiménez Díaz)

7 comentarios:

  1. No conocía este texto y me ha parecido super interesante.

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  2. Emilio Jiménez Díaz5/11/10 19:00

    El texto lleva después una charla con Fernando el de Triana, quien le miente y se cachondea de él descaradamente; como para que nos fiemos de la fiesta de Estébanez. Si no tienes el libro, dímelo y te lo llevo mañana. Lo usas y me lo devuelves, para no hacer bueno el dicho de "Libro a un amigo prestado, perdido o estropeado".

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  3. Lo de Estébanez nada tiene que ver con este Starkie, ni un personaje con otro: no volvamos otra vez a tirar piedras sobre nuestro tejado, que bastante tenemos con las piedras ajenas. Si "la fiesta" de quien sabía de flamenco y conocía los cantes y los cantaores de su tiempo hubiera ocurrido en Jerez -lo repetiré cada vez que haga falta- le hubieran hecho un monumento en la calle Larga.
    Casi se lo hacen al claramente tendencioso Juanelo y al fantasmal Tío Luis de la Juliana...

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  4. Emilio Jiménez Díaz5/11/10 20:13

    No voy a entrar al trapo de nuevo, querido Ángel, porque, además, fue un tema que debatimos en mi blog particular, como dos buenos rivales dialécticos: tú y yo. Ya te he dicho que después de llevar más de 40 años en el mundo del flamenco no sé nada, ni nada me importa de los temas escritos. A mí me sobra y me basta con la emoción del momento. Soy un flamenco "vivencial" y puedo escribir y hablar de los que he visto, de lo que he vivido, de lo que he llorado tantas veces.
    Me da igual que engañasen a "Demófilo" y que Fernando el de Triana engañase y se burlase de Starkie. ¿Lo de Estébanez es la Biblia? Te recuerdo que en la literatura dedicada a nuestro barrio en materia flamenca, hay escritos más antiguos que el del costumbrista malagueño y más interesantes... ah, Ángel, y más creíbles.
    Las piedras contra nuestro tejado no está en negar o no estas narraciones, en darle menor o mayor veracidad,creo que eso es lo de menos. Tú puedes creer que lo de Serafín "El Solitario" es una joya para nuestro barrio, y yo no. Simplemente. ¡Qué mal estaría el mundo si todos pensásemos lo mismo!
    Pero hombre, Ángel, yo he vivido tanto el flamenco, como bien sabes, que me da mucha lacha decir que un amigo es un gran intelectual, el que más sabe, pero que es como el príncipe aquel que todo lo aprendió en los libros.
    Creo, además, que para las polémicas entre amigos está el correo electrónico habitual.

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  5. Yo hablo de flamenco como una riqueza desperdiciada que Triana, por la importante parte que le toca en el desarrollo de su historia, ha de aprovechar, sacarle partido, como hacen en otras latitudes donde han sabido unirse (como ahora con esta página por idea tuya) sin que a nadie se le ocurra desdeñar de sus valores ni ponerlos en duda, sino al contrario. Además Triana disfruta de la ventaja de que no tiene por qué valerse de ninguna estratagema porque su verdad es incuestionable. No estoy demostrando que sepa de flamenco, del que ni siquiera hablo. ¿O no queda claro?
    Y no entiendo por qué no se puede intervenir en este blog con particulares opiniones cuando el asunto que se trate, a juicio de alguien, no quede suficientemente perfilado.

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  6. ...Y efectivamente, la mayor parte de lo que sé de flamenco, de su historia que es lo que más me interesa, lo he aprendido en los libros en muchos años de lectura. Por eso me gustaría que un día nos hablara de esos escritos más antiguos, más interesantes y más creíbles que los de Estébanez...

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  7. Emilio Jiménez Díaz6/11/10 8:52

    Por supuesto que se puede, y se debe, y ahí están tus comentarios, pero este tema lo estábaos tratanto en "Desde mi torre cobalto".
    El Flamenco es vida, decía Agustín Gómez en el título de uno de sus libros, y por eso yo me arrimo a la parte vivencial.

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