A principios de los años noventa comenzó la construcción de pisos en torno a la nueva Ronda de Triana, esa carretera que nos enviaba directamente a la expo, es decir, camino del futuro. Se destruyeron fábricas, almacenes y talleres, la cochera de los tranvías y humildes casas de autoconstrucción, un magnífico suelo quedaba libre para la especulación privada, pues tan sólo se construyeron algunas viviendas de protección oficial para realojar a los vecinos que habían expropiados con anterioridad, mientras muchos jóvenes trianeros se veían forzados a salir del barrio para residir en el Aljarafe y en Sevilla Este.
De aquellos grandes espacios que ocuparan tejares y huertas, sólo queda un corralón entre las calles Tejares y Manuel Arellano, en el muro que da a la calle Uxama, sugerente nombre para un asentamiento celtíbero de la provincia de Soria, las celindas intentan esconder las feas y sucias piedras, dar un poco de vida a una estrecha calle convertida en dormitorio de coches. Un poco más de tres cuartas de espacio verde, que bien podría haberse transformado en un largo corredor cubierto de matorrales desordenados, papeles tirados, botellas, pero el jardinero de la barriada, que ya hemos citado en otra entrada, se empeña en mantener un limpio suelo de césped y varios arbustos con vida.
Las hojas de las celindas son opuestas, es decir que de cada nudo salen dos, una enfrente de la otra, tienen el borde finamente dentado y los nervios muy marcados, se disponen en ramas que con la edad cuelgan, quien no, y su verde intenso les permite captar la energía que se esconde en los rayos del sol.
Cuando florecen, los blancos pétalos llenan de luz la calle, los ramilletes están formados de pocas flores, que exhiben numerosos estambres, de finos filamentos y anteras amarillas, entre ellos está el pistilo siempre a la espera de la llegada del polen.
De la vieja Triana puede que sólo se vean sucias tapias, pero cuando destruyeron los corrales y las casas de vecinos se veían volar por el aire sones flamencos, los olores de guisos que pasaban de unas puertas a otras, los saludos de hombres y mujeres que se veían cada día, ahora unos azulejos marcan hasta donde crecía el río y las placas nos recuerdan muchas celebridades, si cierro los ojos imagino el pasado y se me escapa el presente.
Rafael Martín Holgado.















