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lunes, 17 de febrero de 2014

EL FAROL DE MARCHENA

RAFA MARTÍN  EN “DESVELANDO TRIANA”


Durante los meses de Julio y Agosto de 2012, tuvo lugar, en el Castillo de San Jorge,  una exposición sobre la Velá de Santa Ana: “DesVELAndo TRIANA”; en ella pudimos contemplar numerosas fotografías, carteles y otros documentos sobre la fiesta más representativa de Triana. Como colofón se publicó un libro que, además del material expuesto,  recogía las vivencias de diversos  trianeros ilustres en esta fiesta. Uno de estos fue nuestro querido Rafa Martín que, impulsado por Ángel Vela, nos dejó publicado este texto que tituló PAIS DE CUCAÑA y que a continuación reproducimos:

PAIS DE CUCAÑA


La mente del hombre tiene un poder infinito, le permite dar significado a todo los que sus sentidos perciben, es capaz de memorizar infinidad de datos e imágenes y se afana sin miedos en explicar aquello que ocurre a su alrededor, pero cuando no le queda otro remedio huye por el camino de la fantasía para crear mundos lejanos e irreales, lo mismo inventa animales monstruosos y cuevas de fuego habitadas por demonios, que es capaz de imaginar la eterna juventud en hermosos vergeles. Muchos de estos pensamientos y quimeras terminan anclados en la memoria del pueblo en forma de cuentos, mitos y fábulas, como aquella leyenda medieval que describía la existencia de un imaginario país donde no hacía falta trabajar porque sobraba la comida, había ríos de leche y de vino, las mesas siempre estaban repletas de embutidos y cochinillos asados, las gambas y los cangrejos colgaban cocidos de los árboles. Este edén de glotonería era conocido como el País de Cucaña y algunos estudiosos creen que esta leyenda dio nombre a un juego muy antiguo, que consistía en atrapar la comida que se colocaba en el extremo de un largo madero.

En Triana, a finales de julio, se instala la cucaña, pero el palo no se coloca  en vertical, como en muchos otros pueblos de Europa, sino que pende de un barco, sobre el río, que es de las pocas veces que se torna protagonista principal del barrio. Son muchos los resbalones y caídas que se producen porque el tronco se embadurna de sebo para dificultar el paso de quienes se deslizan por la madera con la intención de atrapar la bandera que está enclavada en el extremo, aquellos que lo consiguen se ganan unos cuantos euros, mientras el resto de los participantes se sienten bien recompensados con el baño que se han dado.

La cucaña tiene muchos seguidores, pero la mayoría no son de palo, sino de barandilla y zapata, de esos de vamos a ver la cucaña, sentraña, Triana y olé, se apalancan en un buen sitio donde haya sombra y nada les moleste la vista, y con el impetú incansable de los comedores de pipa, van mirando un intento tras otro sin desmayo, sonríen con algunas caídas, sienten dolor ajeno cuando los golpes superan la entrepierna, se aventuran a comentar si el siguiente participante lo logrará o no, “fíjate, fíjate que éste llega seguro”, plaff, remojón, “que pena, lo poquito que le ha faltado”, y terminan aplaudiendo cuando alguno atrapa la bandera. Mirar la cucaña engancha porque tiene emoción de los juegos simples, esos que no necesitan reglas, donde parece fácil ganar y el premio se consigue de inmediato, a uno le gusta que triunfe el más hábil, quien contiene las ansias locas por llegar y sabe cuándo debe de estirarse sin pensar en una caída que no ocurrirá. Alguna tarde me ha parecido que hasta Belmonte, tan quieto como siempre, ha dejado de contemplar por un instante su redondo cielo de albero y ha bajado la cabeza para ver como la chavalería se divertía jugando a la cucaña.

Este año, con los cincuenta recién cumplidos, puede ser un buen momento para estrenarme en la cucaña, quizás necesite algo de entrenamiento pero llegaré en forma porque me siento más querido que nunca, va por ti, mon amour, así que, por favor, traedme una buena nao, aunque deis la vuelta al mundo para encontrarla, que no será la primera, o uno de aquellos veleros con diez jamones por banda y un trinquete que no veas, como sebo untarle hasta hartaros pringaitas del Morapio, la banderita rojiblanca, un capricho, y si caigo, poco importa, que el río callado sabrá cogerme, pero si trinco, alegría, habrá convite, que conozco un país de cucaña con montañas de menudo y chicharrones, donde mana el aceite como oro viejo y en su vega florecen friturillas de pescado, pavías y calentitos, dicen que en vez de barro, la lluvia modela loza fina para las colas de toros bien toreados, que del aire se cogen codornices asadas en un momento, casi sin pedirlas, que los caracoles bailan dentro de las ollas, ¿será posible?, lebrillos de gazpacho cuelgan de los naranjos en el verano y en un río de manzanilla juegan al corro unos delfines, suenan guitarras, puede que aparezca alguien que cante, un país de cucaña, que no me faltes.

Artículo publicado por Rafael Martín Holgado en el libro-catálogo “Desvelando Triana” en el verano de 2012.
José Luis Jiménez

jueves, 30 de enero de 2014

EL FAROL DE MARCHENA

TRIANA EN COLLIOURE

Casi un año ha tenido que pasar para cumplir aquel deseo de llevar desde Triana a Collioure la placa cerámica que prometimos a Ana Ruiz. El momento coincide con la efeméride del  75 aniversario de su muerte y la de su hijo Antonio Machado. La expedición la componíamos Gabriel Gómez, hijo del artista trianero Helios Gómez,  Caroline Mignot, Elisa Santos y yo.  Llegamos a Collioure a media tarde, momento de absoluta paz y tranquilidad con el mar en  calma;  ni una brisa de aire llegó a molestarnos. Lo primero que hicimos fue acercarnos al cementerio -donde no  encontramos ni un alma material- y depositar la placa sobre la modesta  tumba de Ana Ruiz y su hijo Antonio que acababa de ser ordenada y limpiada; lo normal  suele  ser encontrarla  repleta de flores, placas y recuerdos que van depositando la gran cantidad de visitantes que a lo largo del año rinden homenaje al poeta y su madre.



El paseo por el pequeño cementerio siempre merece una obligada  visita a la tumba vecina de la Sra. Quintana que no sólo acogió en su hotel a la familia Machado sino que facilitó el enterramiento de Ana Ruiz y su hijo en el panteón de unos amigos e incluso, hasta su muerte, se ocupó del cuidado de la tumba.



A la salida del cementerio nos dirigimos al cercano Hotel Bougnol-Quintana, a través de la “Rue Antonio Machado”, para finalmente tener un encuentro con el Mediterraneo. Recordamos esos trágicos días de 1939, siguiendo el relato de Corpus Barga en “Los días Contados”, donde Ana Ruiz, imposibilitada para andar, y en los brazos de Barga, le susurraba al oído: “¿llegamos pronto a Sevilla?”.



A la salida de Collioure pasamos por el campo de concentración de Argelés-Sur-Mer y nos acordamos de nuestro paisano Manolo Valiente quien, con el seudónimo de Juan García, nos describe los momentos vividos por  los cerca de quinientos mil refugiados españoles que quedaron concentrados, en zonas descampadas y alambradas al aire libre, como vulgares delincuentes. En 1977 por iniciativa de Manolo Valiente se crea la Fundación Antonio Machado en Collioure que en la actualidad son los encargados del mantenimiento de la referida tumba de Ana Ruiz y su hijo.

Ana Ruiz, la encomiable esposa y madre,  que en la calle Pureza de Triana asistió a la expiración del  padre de sus hijos Antonio Machado Alvarez, Demófilo, tuvo la desdicha de tener que presenciar la muerte de su hijo Antonio, tal vez su preferido y con quien convivió en los momentos más amargos de su vida como tras la muerte de su esposa Leonor Izquierdo. El exilio forzoso de Ana Ruiz, que con 85 años de edad tuvo que soportar  ese viaje tan duro al destierro, merece un permanente homenaje a esta trianera que, como dice la placa cerámica, con su presencia ha endulzado el “Altozano” francés de Collioure.

Es cierto que la placa reivindica el regreso a Triana de Ana Ruiz. Sin embargo, tras varias visitas a este enclave francés y al entorno de los campos de concentración, estoy convencido que los restos de Ana Ruiz y de Antonio Machado deben permanecer eternamente en Collioure como símbolo de todos los exiliados españoles que tuvieron que pasar la frontera huyendo de la muerte y la represión, aunque finalmente muchos de ellos la encontraran en Francia; tal y como lo describe Monique Alonso en “El Largo Viaje a Sevilla”: “Detrás de la muerte de don Antonio y de doña Ana está la muerte de todos los exiliados españoles que murieron nada más pasar la frontera”.

Durante este mes de febrero tendrán lugar diversos actos en homenaje al 75 aniversario de aquellos trágicos días de 1939.  El 18 de febrero, en Granada y dos días después en Córdoba, se presentará el guión cinematográfico inédito sobre “La Tierra de Alvargonzález”, realizado por el director Miguel Picazo. El 20 de febrero se celebrará una sesión sobre el teatro de Antonio  Machado en Sevilla, y el día 21, una serie de lecturas poéticas en las bibliotecas provinciales andaluzas, y  en Málaga, en la sede del  Centro Andaluz de las Letras, se proyectará el documental “El largo viaje a Sevilla”, sobre Ana Ruiz, y que contará con la presencia de su director Antonio Ramos Espejo. En Collioure, durante los días 22 y 23 de Febrero,  mediante actos organizados por la Fundación Antonio Machado de esta ciudad, se celebrarán diversos homenajes al poeta sevillano.

De momento, en Triana no tenemos convocado ningún acto en homenaje a nuestra querida pastelera de La Plazuela. No será por falta de recursos en el Distrito trianero.


José Luis Jiménez

lunes, 27 de enero de 2014

EL DEDO DE RODRIGO


      

   El año de Gracia de Triana


         Quise pasar por el Paseo de la O, sentir el río como compañero hasta después del puente. Era plena la luz de la tarde. Entré por Chapina a través de esa calle escondida, cuasi misteriosa, que sigue el lateral del edificio del hotel levantado sobre el recuerdo de una casa de vecinos donde, en uno de sus locales comerciales, se ofertaban papas en años de hambre. Penetré en el corto trayecto que, formando ángulo, desemboca en el Paseo de la O. Creo recordar que tiene solo una puerta de entrada, o sea, única casa que visitará el cartero con sobres bancarios donde figure como dirección “calle Gracia de Triana”. Pero con qué poca gracia se rotuló esta callejuela, casi inexistente, en memoria de quien mejor y más dulcemente cantó a Triana. Qué poco sabían de ella, de este barrio y de su música... Fui a paso lento recordando que precisamente este año; es más, este mes de enero, se cumplen, justos, 25 años de su muerte en la madrileña casa donde quiso despertar muchos días de su existencia, no demasiado luenga, pues falleció a los 70 años de su nacimiento ocurrido también en este mes umbral...

         Mi idea era, como digo, pasear por la orilla del río, pero quedé enganchado en  este rincón escondido de la plaza de Chapina, clásico lugar del que poco queda convertido, como gran parte del barrio, en calzada de asfalto dispuesto al servicio de los automóviles. Todo lo que Triana le debe a Gracia se me echó encima de pronto sintiéndome entre los culpables que no hemos sabido honrar la memoria de María Gracia Jiménez Zayas, nacida en 1919 en un patio vecinal, número 4 de la calle mártir Virgen del Patrocinio.

         En tiempos de Paco Arcas como delegado del distrito municipal se la quiso convencer de que viniera a su barrio para que, en noche de Velá, se la nombrara “Triana de Honor”. Se hicieron varios intentos y siempre interpuso una excusa amable que rubricó con una foto dedicada a sus “hermanos de Triana”, toda su presencia fue aquel retrato de artista. Eran muchos los fantasmas -espectros de fantoches- que aún pululaban por Sevilla y que ella nunca fue capaz de espantar. Estaba retirada de todo, casi también de la vida, en la calle Luna de Madrid.

         El 13 de este mes se cumplió un redondo cuarto de siglo de su triste y silenciosa desaparición y, enseguida, hemos querido alzar su nombre y grabarlo en nuestra frente a modo de pancarta con una reivindicación, la de un homenaje a la altura de lo que representó como trianera y artista, al nivel justo de sus hermosas canciones con las que tributó a su barrio una de las muestras más hermosas de fidelidad y cariño. Y no pararemos de proclamar su nombre para que este año sea el año de Gracia de Triana como lo sería si se llamara Juanita. Y es difícil llegar a la altura de quien cantó flamenco e interpretó coplas con la misma maestría y dulzura como la estrella que fue; flamenca y cancionista en una sola voz para alzar a Triana a lo más alto... “En hombre, yo; en mujer, Gracia de Triana”, proclamó el maestro de maestros, Pepe Marchena. Ya en primavera hay que organizar algún sonado acto en su honor, pero la Velá de este año tiene que ser la Velá de quien tan bellamente cantó su himno, tristemente olvidado... “Hay en Sevilla una fiesta/ de Santiago y Sant´Ana,/ que se celebra con garbo/ en el barrio de Triana...”. En los días señalaítos las notas de esta preciosa canción deberá ser la banda sonora de la alegría de Triana en los festejos dedicados a la Patrona... y a ella.

         Prepárense los estamentos oficiales, los hombres de la copla y del flamenco y que se disponga Triana a recibir en lo hondo de su corazón a su preclara hija, aquella que, dentro y fuera de la gran patria, proclamaba a los cuatro vientos del mundo... “De ese barrio de Triana, orgullo tengo de ser...”. Y nosotros, trianeros, sevillanos, andaluces, amantes de la música que más nos enternece y emociona, estamos orgullosos de tí, Gracia de la saeta, del fandango, de la soleá, de la tonadilla -como diría Lauren Postigo-, aunque sólo pudimos regalarte una modesta placa en el patio donde algunas noches soñaste con ser artista, una placa que no llegaste a ver... Poco pudimos hacer en tu memoria, pero es la hora de traerte con toda tu esencia. Es tu año, Gracia, un tiempo feliz en el que esperamos saldar una cuenta que nos entristece profundamente.




Ángel Vela Nieto

sábado, 11 de enero de 2014

EL DEDO DE RODRIGO


Armando Gutiérrez: Andalucía por delante.



         Cuando se llega a cierta edad los años empiezan en enero y acaban en diciembre; no es perogrullada, ocurre que los días vuelven a tener la identidad y el peso temporal que tuvieron en las aulas del colegio en nuestros tiempos infantiles. Cada mañana, antes de abrir el cuaderno, el maestro dejaba bien patente en la pizarra la fecha que había que consumir, hora tras hora, sólo que los niños no echábamos mucha cuenta salvo que estuviéramos cerca de las vacaciones de verano o Navidad. Pero a estas alturas del calendario de la vida uno hasta llega a obsesionarse con el día de la fecha porque ya vamos restando cuesta abajo. Cada noche, cuando voy a cambiar el día en mi “taco” de Benedetti, me da la impresión de que no hago otra cosa de rápido que transcurren las veinticuatro horas... con lo que volábamos los niños en esa eternidad...

         Han transcurrido veinte años, esos del tango, y es verdad que no es nada. Veinte años... ¿Cuántos acontecimientos sustanciales en los primeros veinte de la existencia...? Pues en estos no ha pasado casi nada, y el “casi” es porque se estrena estado: el de abuelo. Existe un dicho que viene a convencernos de que de todo hace ya mucho tiempo, que es como darle la vuelta a lo que sentimos ahora que puede resumirse en una corta frase: todo fue ayer mismo... Ocurre que esta mañana, en esos minutos trascendentes del afeitado, he recordado que mi amigo Armando Gutiérrez falleció en los primeros días de 1994; un fulminante infarto acabó con su vida de poeta y rapsoda apasionado. Armando fue uno de esos amigos que llegan tardíamente para formar parte activa y continuada en tu vida social cuando más se aprecia el afecto. Nos unía la preocupación inevitable por cuanto ocurría en nuestro barrio y el gusto por la poesía popular andaluza. Además, formaba parte de la redacción de la revista “Triana”, de un grupo de trianeristas confesos que se juntaban la tarde de cada viernes en Casa Cuesta.

         Armando se había casado con la cancionista Lolita Arispón, una muchacha de la calle San Jacinto que abandonó su prometedora carrera tras la boda con quien fue compañero en muchos espectáculos, el galán-rapsoda nacido en la calle Pureza. También nuestro recordado amigo decidió cambiar los pesarosos viajes en trenes por los que realizaba en su coche al servicio de una casa de pinturas. Pero donde fuera, Armando era artista y tenía ese porte distinguido aún jubilado; pelo largo y cuidado y siempre elegante. Así, que como no tenía grandes obligaciones, en más de una ocasión acompañó mis viajes a localidades cercanas en gestiones laborales. Lo recogía de su casa en Coca de la Piñera y allí lo despedía después de una jornada llena de confesiones interesantes, porque así fue su vida desde que, casi niño, ganó un concurso en “La Manigua”, la sala de la calle Betis. Allí se curtió ejerciendo de presentador y recitando sus poemas clásicos. Y en ese ambiente conoció a Lolita.

         En números de la revista del barrio quedaron sus trabajos cuajados de lirismo y encendida pasión que alternaba con páginas de sus recuerdos de poeta de escenario. No olvido que me hizo una relación de los trianeros que habían trabajado con él en aquellas compañías que iban de pueblo en pueblo alegrando y aligerando, lo que podían, el pesado ambiente de posguerra (aquí, la memoria de “Cómicos”, la película de Fernán Gómez). Contaba Armando que actuando en un teatro de Valladolid lo detuvieron por recitar a poetas prohibidos y que, por tamaño pecado, dejó de figurar en los programas con su nombre de pila cambiándolo por “Juan de Triana”.

         Zeppelín, el eterno ciclista del corral del Cura vencedor en 503 carreras, fue quien nos lo presentó como un digno aspirante al pregón de la Velá; eran los fructíferos años de Paco Arcas en la Tenencia de Alcaldía, y en uno de aquellos viernes de Cuesta quedó fijado su nombre. Era su sueño desde el momento en que se jubiló y volvió a entregarse en cuerpo y alma a la música de la rima. Y Armando fue la voz de la Velá de Santa Ana  en 1986 en el escenario ideal, el Hotel Triana... “Aquí me tienes, Triana, con unos años de más, el pelo entre cano y nieve...”; se quedaron fijadas las primeras palabras de su pregón que tantas veces le repetí. Después, siguieron otros pregones; yo mismo lo presenté en el de la Semana Santa del barrio; era tan apasionado que se esforzaba al límite de su resistencia física en cada frase, en cada verso. Un pregonero único que, además -hay que sumarlo- dibujaba y pintaba con maestría.

         Un año, su grupo de amigos le organizamos un homenaje al matrimonio Armando-Lolita en un restaurante de la Cava de los gitanos. Algunos de aquellos camaradas también se fueron..., pero todos fuimos entonces, en una de esas tardes trianeras inolvidables, beneficiarios de la voz de Lolita Arispón después de años sin cantar. Y les dedicamos odas de admiración entre abrazos y risas. Fue una muestra del rescoldo que quedaba de la Triana pura de nuestros mayores.

         Siguió escribiendo y recitando hasta el último día; memorable su noche en la Peña Trianera. Le animamos para que recogiera su obra en una antología y la idea cuajó en el libro “Flor de papel” que quedó por siempre como testimonio vivo de su inspiración y su alma andaluza.

         Mas sus amigos no estábamos dispuestos a dejar de verlo por Triana. Así que promovimos la placa de cerámica que, unos años después, quedó colocada en la casa que ocupa el solar de la que fue su cuna... “En el antiguo 16 de esta calle creció en cuerpo y versos el rapsoda Armando Gutiérrez ...”. Y allí lo saludamos tantas veces.





Ángel Vela Nieto 
           


         

lunes, 30 de diciembre de 2013

EL DEDO DE RODRIGO


Rafael El Eléctrico


             Este trece no ha querido privarse de todos los negros honores de su fama. En el final de su triste estela, a tres días de la desaparición de El Perlo, ocurre el fatal desenlace de la grave enfermedad que hacía algún tiempo padecía quien en el mundo flamenco se conoce por El Eléctrico. Como no deseamos que transcurra más tiempo si que sea recordado en esta página de su barrio, tomamos el texto que entresacamos del próximo tomo de “Triana, la otra orilla del flamenco”.
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               Rafael García Serrano venía del tronco de los Caganchos por vía paterna. Nació en 1960 en el número 9 de la calle Evangelista, hijo de Manuel García Rodríguez y de Pepa Serrano Heredia, bailaora de nacencia a la que el Príncipe Gitano quiso llevar en su grupo (“mi madre me decía: mira, niño, Triana mete la pierna por aquí…”). De ellos aprendió.

             De niño baila en “El Martinete”, la sala de Pepe Donaire, y casi chiquillo aún se presenta como bailaor en la sala “Los Gitanillos”, en Camas, formando parte, con Bobote, del grupo juvenil “Los gitanillos de bronce”; desde entonces el hermanamiento artístico de los dos bailaores. La siguiente etapa transcurrió por diferentes tablaos... “Los Gallos”, “La Cochera”, “La Trocha”... Su extraordinaria habilidad y la velocidad de su baile asombra al público.

            Después, forma en las compañías de Manuela Vargas, Curro Vélez y Manuela Carrasco, entre otras figuras.  Trabajó con Antonio Canales en su obra “Bailaor”, presentada en la Bienal del 2000. En los últimos tiempos se dedicaba principalmente al acompañamiento del cante y el baile. Rafael El Eléctrico (tenía electricidad en el cuerpo cuando bailaba) formó, además, con Bobote, bailaor de la misma casta, una pareja de instrumentos de percusión con el que quedaba redondo el compás. Adscritos a determinados artistas del baile como la familia Miño, juntos o separados, El Eléctrico y su compadre sabían cómo animar un fin de fiesta; sólo tenían que echar un paso alante y soltarse de pies y brazos; ambos, en lo suyo, son considerados maestros. Se consolidaron como par por intereses ajenos y propios; uno sin el otro, palma y redoble, bajaban sus prestaciones; juntos eran insuperables. La presencia de ambos, en el mismo espectáculo, ha sido frecuente en la Bienal y no es raro que aparecieran en distintos trabajos en una misma edición. Como su par, El Eléctrico era autoridad cuando el flamenco y “Las Tres Mil” se hacían protagonistas conjuntos.

            Rafael se casó en la parroquia del Polígono de San Pablo, barriada adonde lo llevó la especulación, pero su techo actual estaba en el otro Polígono. Y como se hizo marido con dieciséis años fue un abuelo prematuro. Hay que añadir que El Eléctrico tuvo un hermano que bailaba como para que no se le haya olvidado a quienes lo vieron; le decían El Civil, y se llamaba Manuel García Serrano.

            Y como todo lo hizo El Eléctrico antes de tiempo, se fue del gran escenario el día de Nochebuena de 2013, después de sufrir esa cruel enfermedad que siempre ataca a traición... Manuel Martín Martín, crítico y escritor de flamenco, lo despidió así: “Simbolizaba el baile añejo de Triana, porque era tan claro en sus pasos como el alcohol rectificado”.

Ángel Vela Nieto


jueves, 26 de diciembre de 2013

EL DEDO DE RODRIGO

"El Perlo" en "El Ancla". Junio de 2012.


El juego de la infortuna


         José Luis Jiménez y Elisa me recogieron de las puertas de El Serranito de la Ronda de Triana a las ocho y media de una mañana especialmente fría, aunque el día que amanecía era un 23 de diciembre. Llegamos al cementerio después de templar el estómago con un café; allí, junto a la entrada de la capilla, estaban Pepa Montes, Ricardo Miño, Antonio Fernández-Cachero y Antonio Díaz acompañando a la hermana  de El Perlo y algún familiar o vecino, un pequeño grupo que no se vería aumentado ni en una sola alma más. Llegó Eugenio en su último paseo; entraron el féretro en el pequeño templo de las despedidas para el responso que ofició un veterano sacerdote, tan helado como nosotros, que se había informado de quien era el finado mostrándose afectuoso y condoliente con los familiares y hasta nos animó a todos con algún comentario flamenco.

         No suponía esfuerzo de concentración contar los asistentes al acto postrero de un viejo cantaor y poeta gitano de cuerpo exhausto, pero de mente viva hasta el último suspiro... Un hombre impar, generoso, sensible, artista en suma, que había conocido medio mundo cantando y bailando en las troupes de grandes figuras del flamenco y la copla; poeta tardío y venturoso, empecinado navegante por el ancho  y tormentoso océano de los versos desde su no lejano puerto oscuro del analfabetismo; un hombre ejemplar con alma de niño que se confesaba infortunado, ser humano y artista de suerte esquiva. Nos decía adiós quizá desengañado de la vida, pero confiado en la justicia divina; iba a reunirse con su venerada madre, la que fuera jonda cantaora de la Cava, y con su hermana Encarnación a la que despedimos nueve meses atrás. ¿Hombre de mala suerte? Tendría que llegar el 2013 para que la muerte se lo llevara después de sufrir la pérdida de quien lo acompañó durante tanto años y a la que cuidó en su larga enfermedad con mimo de santo. Así que estábamos en decir el número de personas que se juntaron en la capilla del cementerio. Seguramente lo habrán adivinado: 13, ni más ni menos.

         La verdad es que El Perlo no hizo nada por prevenir esta triste circunstancia; nunca se preocupó de ponerse medallas, de sacar pecho y exhibir con orgullo sus ricos argumentos, su atinada inspiración como compositor de letras y músicas para coplas que lucieron en voces famosas; para nada presumió de los adornos de los que fue capaz de cubrirse desde el menos cero de su gramática y alfabeto, que no de su natural facilidad para la creación a la que no pudo darle forma escrita hasta que se reveló contra la Sociedad General de Autores porque le devolvían sus composiciones por las faltas de ortografía. Y con esa candidez no se puede andar por este mundo egoísta y falso. Porque, además, podía haberse hecho visto y oído en los medios de comunicación con tanta historia para contar, pero se limitó a salir a diario de su casa atildado y elegante, pero de una manera natural, sin afectación; ni siquiera llevaba con él una cartera de cuero como depósito ambulante de los libros de su autoría que ofrecía a sus amigos, sino que yacían en el azul humilde de una carpeta de cartón.

         Esta falta de promoción, de escaparate, tuvo el resultado que se esperaba a la hora de atraer a tanta gente que le conocía al séquito postrero. Pero, por otro lado, Eugenio Carrasco Morales El Perlo era una especie de bicho raro, caso único de cantaor gitano que se recicla en entusiasta de la poesía y que pretende vivir de sus creaciones, agotada su voz por una cruel enfermedad. Un viejo calé de pobre cuna que escribe en versos, que menciona a los clásicos como amigos, que lee y estudia, que domina la técnica de la rima y su nomenclatura... no puede ser más que un tipo extraño, y a lo peor lo verían así demasiados ex compañeros de la flamenca profesión, posiblemente hasta los de su Cava, los de aquella “Triana Pura”, grupo al que no perteneció porque no contaron con él... Mala suerte, la misma que le acompañó en Madrid durante mucho tiempo, porque no era lobo para aquellos bosques encrespados donde había que luchar por la comida en el tiempo de todas las carencias. No estaba hecho para competir. Y hasta algún gracioso, con malas entrañas, le colocó el sambenito de gafe; y era mucha la guasa cruel de las fiestas, los señoritos y el vino.

         Trece personas en un día helado de 2013 compusimos el séquito que  acompañó a El Perlo hasta su tumba después de un largo y pesaroso recorrido por entre huecos de nichos de muertos desalojados, bocas negras que clamaban contra la moda de la incineración. Pobre Perlo, seguramente lo que más lamentaría es no haber concluido el libro que preparaba para un concurso, otro más. Con 88 años y todavía tenía esperanzas de triunfar con rotundidad entre camaradas del verso y, de paso, ganarse unos duros que ayudara en la precaria economía de su casa.

         El hombre puro que nos hacía partícipe de su poesía recién nacida no verá en manos ajenas el poemario que dedicaba a su particular “Platero”, un burrito de parecido nombre -“Barquero”, se llamaba- que hizo las delicias de su niñez cuando con él acompañaba a su padre en el acarreo de materiales que daba de comer a la familia, y al que acicalaba con esmero en su patio de corral de vecinos del Monte Pirolo. Entonces fue feliz...

Ángel Vela Nieto

lunes, 23 de diciembre de 2013

EL DEDO DE RODRIGO




El Perlo de Triana


No hace mucho escribimos, con ocasión de su homenaje en el Teatro Lope de Vega, esta breve semblanza de Eugenio Carrasco Morales El Perlo de Triana. Todo lo que hagamos en su recuerdo será poco para lo que su generoso corazón y su honda inspiración de artista, merecía.

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         Eugenio Carrasco Morales nació el día de Nochebuena de 1925 en Málaga por circunstancias profesionales de su madre, La Perla de Triana, pero el primer año de su existencia lo cumplió en su barrio, en el corazón del flamenquísimo Monte Pirolo. Fue su madrina La Niña de los Peines. Su padre, José Carrasco de los Reyes, pertenecía a la familia de los Gitanillos.

         Eugenio es cantaor más que bailaor, y poeta más que todo si se puede decir de la actividad que lo ha salvado del analfabetismo y de los males de la vida en su ya larga existencia. Gitano cabal, se pelea hoy con los versos ganando batallas a veces imposibles. El Perlo se sintió torero y lo intentó, trabajó de limpiabotas, vendedor de lotería y fue obrero de una fundición antes de creerse que podía ser artista. En el verano de 1944 ganó un concurso de cante en “La Manigua”, la sala de la calle Betis y, animado, tomó la senda trillada que llevaba a Madrid. Y allí se enroló en diferentes compañías con las que recorrió medio mundo. Su primera gira fue con Juanita Reina en 1946, y su primer disco contuvo unos cantes por tientos y fandangos; Niño Ricardo fue el guitarrista.

         El afán de El Perlo fue retirar a su madre de los bares de la Alameda; él evitaba coincidir con ella frecuentando las ventas, en busca de trabajo, cuando se encontraba en Sevilla, especialmente la del Charco de la Pava. Se considera un hombre infortunado, o no estuvo en el lugar en el momento o, cuando estuvo, ocurrieron cosas inexplicables; figuras a las que entusiasmó, pero que nunca contaron con él, caso de El Caracol. Sobrevivió en un tiempo muy difícil de fiestas en escenarios distintos demostrando su sabiduría de gran cantaor.

         El Perlo, mermado por grave enfermedad que le impide cantar como sabe, echó mano de su profunda inclinación por la poesía y se hizo autor. La Sociedad de Autores tendrá en su inspiración una fuente que daría de beber a figuras del cante y la copla como El Turronero, Enrique Montoya, Antonio Machín, Sara Montiel y Manolo Escobar, entre otros.


         Desde hace muchos años vive lejos de su querido barrio que visita cada sábado para acudir a la tertulia de “El Ancla”, en la Cava de los civiles, donde es querido, admirado y respetado. Su lucha por sobrevivir con dignidad, editando y vendiendo él mismo sus libros hechos de versos profundamente sentidos o de prosa poética, amparando, a la vez, a su hermana La Perla -muy mermada físicamente- es todo un ejemplo.

Ángel Vela Nieto.

domingo, 22 de diciembre de 2013

HA FALLECIDO EUGENIO CARRASCO, "EL PERLO DE TRIANA".


La noche del pasado sábado 21 de diciembre falleció  nuestro buen amigo Eugenio Carrasco, “El Perlo de Triana”.  A menos de 3 días para cumplir los 88 años no llegó a perder su lucidez  y seguíamos departiendo con él  sobre cante o poesía, incluso a una de las familias con la que compartía habitación, naturales de Utrera, les contaba que conoció muy bien a Enrique Montoya y a Bambino de los que fue letrista en algunas canciones. Hasta antes de ayer, nos confesaba la mencionada familia utrerana, llenó de alegría la habitación 214 del sevillano hospital de San Juan de Dios con sus cantes y sus relatos.

Llegó a publicar 15 libros, desde aquel “Poemas y Coplas” hasta el último dedicado a Antonio y Manuel Machado que salió a la luz en diciembre de 2011, aunque de entre todos se sentía particularmente orgulloso de “Platero, Juan Ramón y Yo”, obra con la que, por expreso deseo suyo, será enterrado.  Su mención de “Trianero de Honor” en 1992 fue el mejor homenaje que le rindió su barrio.

Su última aparición en público ocurrió el 20 de noviembre de 2012 donde un grupo de amigos y artistas de reconocido prestigio se reunieron en el Teatro Lope de Vega para organizarle un festival que paliara en parte la falta de recursos económicos.

Son muchas las lecciones de bonhomía que me ha dado Eugenio desde que lo conocí, pero ninguna como la de estar acompañando y cuidando a su hermana Encarna, impedida físicamente,  hasta el día en que esta falleció; las pocas fuerzas que conservó Eugenio fueron entregadas en su totalidad para que “La Perla” viviera en las mejores condiciones, mayor altruismo no cabe.

Mañana lunes 23 de diciembre, a las 9 de la mañana, en la capilla del cementerio sevillano de San Fernando tendrá lugar un responso previo a su enterramiento.

"El Perlo se marcha demostrando sobradamente lo que decían los versos de su  poema “Un hálito de vida”, publicado en el libro “Corazón Gitano”, y que reproduzco a continuación.

Mientras me quede un hálito de vida.
Mientras que no me quede exangüe,
yo seguiré escribiendo,
pero sin dar la lata,
dando estímulo y repartiendo aliento.
Mientras mi corazón bombee sangre
coordinadamente a mi cerebro,
mi verso seguirá siendo, sin duda
el pregonero fijo de mi centro.
Mientras me quede un hálito de vida
iré donando siempre pan de amor,
pan de verso y pan lírico;
y me declararé constantemente
en huelga de cariño,
mientras me quede un hálito de vida.
¡Amén!

Descansa en paz, amigo.

José Luis Jiménez




jueves, 19 de diciembre de 2013

EL DEDO DE RODRIGO



Matilde en su Chapina


         En hora tan señalada, las cinco en punto de la tarde del lunes 16 de diciembre, la desconocida plaza de Chapina, ese añejo rellano que tiene la Real calle de Castilla por el centro de su recorrido, dio comienzo el acto de inauguración de otra plaza, hija o apéndice moderno de la Chapina histórica, compuesta a la sombra del horrendo edificio que encajaran entre la mencionada Castilla y su paralela Alfarería para “hogar del pensionista”. Bueno, la plaza ya existía, ahora se bautizaba con el nombre de uno de los más ilustres hijos de esta zona de Triana caracterizada por la increíble nómina de artistas que parió. Es mujer, y no por eso tenemos que escribir lo de “hijos e hijas” como han impuesto algunos políticos (¿o todos?). Si, una mujer que fue alzando su gigantesca estatura por las aceras que cercaron a la primera estatua trianera, la de Rodrigo con su “¡Tierra!” como fe de marino ojo avizor y su catalejo.

         Todo estuvo preparado para que, tras el descubrimiento del rótulo, el alcalde de la ciudad alzara la voz y bajara la mirada a un texto bien redactado para la ocasión y mejor desarrollado. Se lució el señor Zoido atento, antes y después, con todos y especialmente cariñoso con la homenajeada que, digámoslo ya, se trata de Matilde Coral. Se llenó de afecto y de curiosos el escenario, y entre los primeros un buen número de compañeros de la artista. Cerca de ella, arropándola, sus hijos y su hermana Pepa, la también extraordinaria bailaora, en uno de esos días que se quedan grabados no sólo en la mente -también en el sentir- de los que llegaron allí saboreando de antemano el acto. Matilde repartió manojos de agradecimientos con el dominio de la idea de la que hace gala; da gusto escuchar su palabra sabia, siempre rica e interesante y, desde luego, embargada por una emoción profunda que supo contener con el aplomo de quien, a estas alturas, vive todos sus días con emotividad... Mientras, la efigie de Alberto Lista, se hacía extraño invitado.

         Paco Correal, el último romántico del periodismo de calle, quiso saber cómo era antes la “Plaza Matilde Coral”; le aclaramos que ésta carecía de pasado y que para que existiera se derribó todo el tramo de acera de Castilla que se enfrentaba a la verdadera plaza, la de Chapina, y que en una de sus casas había nacido otra trianera famosa: Mikaela. Sin previo aviso, la mayoría de los asistentes se acercaron al edificio que ocupa el solar de la que fue casa natal de Matilde, y allí sucedió la segunda parte del grato episodio, el descubrimiento de una placa en cerámica recordando su casa y sus méritos. Sería absurdo obviar que Manolo Alés, el muy diligente director del distrito, vecino de la misma calle, nos había dicho que el texto era el mismo que le pasamos, bastantes días atrás, cuando nos pidió una idea para la leyenda, y como tal idea se la dimos...

         Todo discurrió con la sencillez, armonía y sabor a pueblo, como ocurren las cosas grandes en Triana. Y, como también es reposo habitual, un importante grupo disfrutó del reconfortante café de “La Sonanta”, el bar de nuestro trianero amigo Juan Manuel, sucesor de aquel también gran personaje que se llamó Artemio Martín, gobernador, en el mismo lugar, del bar “Centro de Castilla”, parada oficial y generoso avituallamiento de los cartujanos en tiempos que la gran maestra del baile conserva en su memoria. Y así se fue consumiendo la tarde, pero sin perder su brillo. Matilde,  con sus hijos y su hermana Pepa, Cristina Hoyos, Pepa Montes, Rocío Flores, Justo Salao y tantos artífices del baile más, apuraron la jornada, uno de esos días relucientes que nos deja la satisfacción de la deuda satisfecha, pero -es inevitable- con otros nombres en el recuerdo que permanecen donde hasta ahora estuvo, injustamente, la única Llave de Oro del baile flamenco, la gigantesca Matilde Coral.


Ángel Vela Nieto     

miércoles, 11 de diciembre de 2013

EL DEDO DE RODRIGO

                                                                              

                 




María Pinar


         José Félix Machuca entrevistó a una vecina de Triana un día de 2009, y pocas veces nos hemos sentido más defraudados por nuestra ignorancia. Bien es verdad que Triana es inabarcable y que es imposible, por tanto, saber de ella como para que no sientas vacíos en tus conocimientos por mucho que la hayas escudriñado, desde la diosa Astarté hasta la peatonalización de San Jacinto y la construcción de esa maléfica deidad, invasora de nuestro cielo, que se llama Torre Pelli. Hablaba, Félix, con una mujer adulta que se quejaba de asuntos relacionados con el tráfico, las bicicletas y lo peatones, pero junto a sus denuncias de ciudadana comprometida, valiente, el periodista revestía la entrevista con detalles de la vida de la señora María Pinar, que así se llama la protagonista. Había nacido en el Barrio Voluntad, tomado clases de baile y actuado en las inolvidables “Galas Juveniles”, que fuera reválida de los jóvenes que en Sevilla soñaban con ser artistas. Hasta ahí, capítulos comunes a muchos que triunfaron y a otros más que se quedaron por siempre en los programas de aquellos espectáculos musicales y domingueros del Teatro San Fernando.

         Pero la joven María estudia, además, Arte Dramático y su baile se reviste de unos atractivos fuera de lo común. Creyendo estar preparada marcha a Madrid donde, después de sufrir los lógicos inconvenientes de la integración en el mundo del espectáculo de la gran capital, un amigo fotógrafo envía a José Luis Uribarri su retrato. Y comienza a actuar bailando en programas de televisión en los antiguos estudios del Paseo de la Habana. La belleza de la trianera no pasa inadvertida a los productores y directores de cine que la llaman para interpretar pequeños papeles hasta que estos se van estirando. La fortuna de su salto a la televisión y al cine se repite con otra intervención fortuita; a su hermana le da por enviar una fotografía suya al periódico España de Tanger, entidad que organizaba el concurso de Miss España. Y un día recibe una carta de cita. El resultado llega poco más tarde en forma de título: la mujer más guapa en el suelo patrio es una trianera, actriz, bailaora y bailarina a la que agasajan en “Chicote” y le regalan un piso en la Costa del Sol.

         Paralelamente, María interviene en obras teatrales al lado de primeras figuras de la escena, pertenece al plantel de aquellos “Estudio 1” de Televisión Española, conoce escenarios de toda España y llega a Sevilla con sus obras, antes y después de que llegaran sus películas; al fin, cuarenta títulos. Y es a donde queríamos llegar, porque después de haber firmado el que suscribe un libro con el título “Triana, un barrio de cine” cuando creíamos que lo sabíamos casi todo después de unos cuantos de años preparándolo, resulta que ni mencionamos a María Pinar. Por extraña circunstancia nadie nos habló de ella ni en ningún sitio leímos o escuchamos su nombre ligado a esta orilla. El resquemor era inevitable, como inevitable reparar el triste efecto de la omisión. Guardamos entre las páginas de un ejemplar la hoja (tardía) del ABC con la entrevista donde ya había algunos apuntes más también llegados con penoso retraso.

         Y resulta que, metido en el trajín de la preparación del segundo libro sobre la Triana flamenca, conozco a un bailaor, Rafael Márquez, vecino de la barriada Santa Cecilia, uno de esos artistas que al cabo de su vida activa guardan un cofre del tesoro en su memoria. Rafael, que es íntimo de Paquita Rico desde la juventud de ambos, me habla de otra de sus grandes amigas a la que visita con frecuencia. Se trata de una actriz, hija de un placero del mercado de Triana que, entre otras actividades, bailaba flamenco para que la tenga en cuenta. ¿María Pinar? En seguida le cuento lo que nos ocurrió con ella. Rafael se compromete a presentárnosla y lo hace. Reunidos, le cuento la historia a María mostrándole un ejemplar del libro en el que ella debería ocupar un sitio de honor; algo así le anoto en la dedicatoria, no sin rubor. Pero ella, que ha visto y sentido tanto, no se molesta por la falta, sino al contrario, lo comprende, y ojea las páginas en un momento de expectación cuando hubiéramos querido escuchar de su voz, por arte de magia, tres palabras... “¡Si estoy aquí...!”.

         Creo que hemos tenido cuatro Miss España en Triana, pero la primera fue María Pinar, una mujer que nació artista, que canta, baila, interpreta y recita y que intervino en varias docenas de películas aunque su nombre sólo aparezca en un ejemplar de “Triana, un barrio de cine”.


Ángel Vela Nieto   

lunes, 2 de diciembre de 2013

EL FAROL DE MARCHENA

Fachada Principal de la Casa de Blas Infante con el escudo de Andalucía.

TRIANA EN EL ESCUDO DE ANDALUCIA


Mucho se podría relatar acerca del escudo de Andalucía que junto con la bandera y el himno constituyen los tres símbolos andaluces de nuestra comunidad.  Sin embargo en esta entrada nos vamos a centrar en destacar dos curiosidades históricas que relacionan dicho escudo con Triana y las manos de dos artistas trianeros: Andrés Martínez de León y Pedro Navia  Campos.

Escudo original dibujado por Martínez de León

En la casa Museo de Blas Infante podemos observar el primer dibujo  original del escudo de Andalucía y cuya autoría se debe a Andrés Martínez de León que presumíblemente, y así los aclaran en la web del artista, debió ejecutarse con anterioridad al año 1925 ya que se incluye en la rúbrica la palabra TRIANA que llegó a usar el pintor hasta dicha fecha; incluso en el libro de Benito Mas y Prat titulado “La Tierra de María Santísima”, ilustrado por Martinez de León en 1925,  aparece un detalle similar al del escudo andaluz.

Escudo original en terracota realizado por Pedro Navia

En 1932 Blas Infante encarga al ceramista Pedro Navia un escudo para colocar sobre la fachada principal de su casa de Coria:  La Casa de la Alegría. El escudo sobrevive  toda la dictadura franquista y  permanece en la fachada  hasta   2001, año  que pasará a la muestra permanente del Museo de la Autonomía donde podemos seguir disfrutando del mismo, quedando en la fachada una réplica del original.

 
Membrete de Pedro Navia en carta enviada  Blan Infante en 1933. Archivo de Centro de Estudios Andaluces

Además  del escudo,  el interior de la casa está repleta de cerámica trianera nacida  de la fábrica de Pedro Navia, destacando los 737 azulejos decorados con escenas del Quijote con el que Blas Infante dio a conocer a sus hijos la famosa obra de Cervantes.  También podemos contemplar alguna obra gráfica de Andrés Martínez de León junto con libros ilustrados por el mismo autor que formaban parte de la biblioteca particular de D. Blas.

Dos artistas  nacidos a finales del siglo XIX  de los que  no hay dudas de su amor por Triana como así lo demuestran en las rúbricas de sus obras.

Rúbrica de Pedro Navía en el Escudo de Andalucía de la Casa de Blas Infante

Rúbrica de Martínez de León en el primer grabado del Escudo de Andalucía.


José Luis Jiménez

domingo, 3 de noviembre de 2013

EL DEDO DE RODRIGO

 

CURRO PUYA (y 2)


                          Respecto al mítico Curro Puya subsiste una curiosidad que afecta a un nombre único: Federico García Lorca. En su célebre conferencia del 19 de febrero de 1922 (previo al famoso concurso), titulada “El cante jondo”, entre el racimo de coplas con las que ilustra su discurso, incluye esta versión muy personal de la clásica letra; la escribió y la dijo así: “Yo me llamo Curro Pulla (sic)/ por la tierra y por el mar,/ y en la puerta de la tasca/ la piedra fundamental”. Y se inventa un personaje que nada tiene que ver con el real: “Es el mejor elogio del vino que se oye en los cantares; este Curro Pulla coloca sobre su frente la corona de rosas del instante, y mirando en el vaso lleno de néctar, ve correrse una estrella en el fondo. Y como el grandioso lírico de Nishapur siente la vida como un tablero de ajedrez”. Imaginamos que Federico sólo usó la fantasía de su vena poética.

                   Así que tenemos un Pulla con elle y un verso tercero totalmente nuevo y, curiosamente, menos lírico; no suena igual “y en llegando a la taberna” que “en la puerta de la tasca”. Pero lo triste, aparte del desconocimiento que el poeta tiene del personaje y sus verdaderas circunstancias, es que el inconmensurable García Lorca en su elogio a la seguiriya no mencione ningún nombre trianero entre los varios que cita como principales, algunos absolutamente desconocidos. Tan gitanista, un lugar como Triana parece que no existía en el conocimiento flamenco del joven poeta, como lo demuestra su curiosa referencia a un personaje tan relevante como Curro Puya, sino fuera así hubiera aparecido en el texto de su histórica conferencia. Pasado el tiempo, conoció y elogió a Antonio Triana, amigo y compañero de su íntima La Argentinita para la que, precisamente, realizó el gran artífice de la danza, la coreografía del montaje de “El Piropo”.

                   Rematemos con la letra que cantaba Antonio Mairena hurgando en las hondas raíces de las fraguas trianeras: “Curro Puya estaba durmiendo/ y a la hora grande que se despertó/ ni soldaditos ni cabos/ en la fundición quedó”. La coda viene del censo vecinal de 1870, donde aparece un Francisco Vega Bermúdez, herrero de 42 años de edad, casado con Santos Bermúdez Lérida y vecino de la casa número 25 de Evangelista (la vieja calle San Juan). Otro posible Curro Puya de los varios que Torcuato Pérez de Guzmán cita en su libro “Los gitanos herreros de Sevilla”.


Ángel Vela Nieto (de “Triana, la otra orilla del flamenco”).

lunes, 28 de octubre de 2013

EL DEDO DE RODRIGO

Fotografía de Jean Laurent. Triana 1879-1880

CURRO PUYA (1)


         Este Curro Puya fue cantaor y torero, bisabuelo del primer Gitanillo de Triana, también titulado como Curro Puya. Torcuato Pérez de Guzmán afirma en su libro “Los gitanos herreros de Sevilla” (1982), siguiendo a Demófilo, que fue uno de los grandes cantaores de todos los tiempos, poseedor de un eco flamenquísimo. Nació este Fancisco Vega hacia la mediación del XIX y está escrito que cantaba esta letra: En el barrio de Triana/ el que no sabe cantá/ sabe tocá bien las palmas. Pero el cante que lo distinguió fue este: Me araquelo Curro Puya/ po la tierra y po la má,/ y por rati soy en Serva/ columna fundamentá. Así traduce  José Carlos de Luna una de las letras más reproducidas y significativas de todo el cancionero flamenco. Augusto Jiménez en su “Vocabulario del dialecto gitano” (1846), le niega a los calés la valentía, pero aclara que “el que sale con valor es terrible”. No cabe duda de que el legendario Curro Puya estaba entre estos. Se fabulaba que era un ser mágico que se reencarnaba en cada generación.

         Curro Puya, según los ecos orales del tiempo, está considerado un maestro en los llamados cantes de fragua. Se afincó en Cádiz “cuando  echaron a casi todos los gitanos de Triana”, según cuenta Aurelio de Cádiz a José Blas Vega. El origen del apodo puede estar, en opinión de Joaquín Albaicín, en las puyas para picadores que se hacían en las fraguas o por los espolones de los gallos de pelea; ambas cuadran dentro de la lógica. También hay quien cuenta que en su tiempo de matador mandaba picar mucho los toros gritándole al varilarguero: “¡Puya, puya, puya...!”. Pero el sobrenombre ya estaba heredado. Manuel López Rodríguez aporta su teoría particular: “Como tenía fama de valiente, fue el cabecilla de las revueltas que originaron los gitanos trianeros (por las persecuciones), y entre las armas blancas que utilizaban los insurrectos se contaban las puyas que él fabricaba en su herrería”.

         Es lo cierto que este Curro Puya heredó la responsabilidad en la comunidad gitana de Triana de su honorífico grado de autoridad y que fue un líder, un jefe, donde clanes castellanos -según se ha escrito- quisieron imponer su hegemonía en medio del desgobierno que envolvió al arrabal durante gran parte del siglo XIX. Su coetáneo, Demófilo, lo cita como una figura principal que dominaba los cantes por seguiriya y por soleá. Adornemos la semblanza de tan relevante personaje con otra de las letras flamencas que se le dedicaron, variante de la que ya hemos asentado en caló: En el barrio de Triana/ se han echao a temblar,/ porque entraba Curro Puya,/ la piedra fundamentá. O ésta, más extendida y redonda: A mi me llaman Curro Puya/ por la tierras y por la mar,/ y en llegando a la taberna/ la piedras fundamental.


Ángel Vela Nieto (del libro “Triana, la otra orilla del flamenco”)

martes, 22 de octubre de 2013

EL DEDO DE RODRIGO


El último Curro Puya


         Hasta ahora... Y contemplando el paisaje taurino del que fuera gran solar del toreo, especialmente en sus mejores épocas, va a ser difícil que aparezca un sucesor que sería el primero del siglo XXI que detente este título de adalid gitano y mito flamenco-taurino, con los méritos necesarios. Francisco Moreno Vega, “Curro Puya”, iba a cumplir los ochenta años cuando por su físico -tan entrenado- y, de manera muy señalada, por su carácter amigable y jovial,  parecía que tenía sellado un complot con el tiempo... “Curro, me llevas diez años y parece que te los llevo yo”, le dijimos más de una vez a sabiendas de que no era lisonja para animar su veteranía en el mundo porque él tenía asumido su estupendo estado, propio, por otra parte, de mucha gente de su raza y miembros de su familia (recuerdo a su tío Pepe).

         Sevillano de los que se recrean en cada rincón de la ciudad; trianero de la Cava de los herreros en permanente ejercicio de su identidad; torero allá donde su sombra se posara; maestro en el dominio del arte más complicado para fortuna de los ilusionados muchachos que han pasado por su sabiduría y su duende en la Escuela de Tauromaquia; querido, muy querido... Curro, de manera increíble y en tan sólo unas jornadas de zozobra por la calle San Jacinto, nos ha dejado (madrugada del 21 de octubre), víctima de la peste epidémica que se está asentando en la nueva centuria con su traicionero veneno. ¿Curro, muerto? No puede ser... Sí, y ahora que en el Altozano han vuelto a compartir cartel en un mano a mano Joselito y Belmonte recobrando la plaza del sol del arrabal famoso lo mucho que tuvo de foro taurino, como si aún anduviera por allí Calderón con su amigo el quincallero comentando la última corrida de Antonio Montes. Echamos de menos a Curro el viernes a la hora de la inauguración de una exposición de la que hubiera disfrutado extraordinariamente, porque allí estaban todos los que, con él, pudieron ser figuras en los cincuenta y sesenta, los que conformaron la que catalogamos “generación perdida” del toreo trianero. Otra historia.

         “A mi me llaman Curro Puya/ por la tierra y por la mar,/ y en llegando a la taberna/ la piedra fundamental”. Muchas veces le recitamos la famosa letra flamenca a modo de bienvenida cuando cumplía con una de las paradas en sus paseos diarios por las dos orillas. Llamarse así, anunciarse “Curro Puya” en los carteles, fue su primera muestra de valentía, un reto, un peso y una responsabilidad que quedó justificado cuando, como triunfante novillero, lo trajeron a hombros hasta su casa desde la catedral de las plazas. Y aunque un primo suyo también lo lució, estaba la presencia eterna de su tío, mártir de la torería, aquel Francisco Vega de los Reyes, una de las máximas figuras de la llamada edad de plata de la historia de la Fiesta. Y, más allá  del tiempo, pervive la figura del mítico “Curro Puya”, diestro ante los toros y el cante, al que se le atribuye esta tarjeta sonora de presentación en forma de cante añejo con la que abrimos el párrafo.

         Los periódicos han repetido los datos de su carrera artística como novillero prometedor, marca de la casa, al que una gravísima cornada en la plaza de las Ventas de Madrid le privó de  tomar la alternativa y decidirse, tras la dura recuperación, por vestir de plata, ejerciendo junto a primeras figuras hasta su jubilación. Por ello nos centramos en el recuerdo personal y, enseguida, lo vemos en la calle Rodrigo de Triana mostrándonos las fotos de su paso por el mismo lugar en su trono de matador victorioso para el programa “De Calle” (Sevilla TV); o codo con codo, como en un paseíllo, alternando con José María Susoni y José Rodríguez El Pío en un bar de Adriano y ante carteles que los anunciaban en la Maestranza (¡vaya terna!), dedicado a otro capítulo de la misma serie; o entre los “30 toreros de Triana” que Antonio Badía retrató en una exposición sorprendente; o en uno de los mejores momentos de su última etapa vital: cuando en la noche inaugural de la Velá de Santa Ana de 2011 fue homenajeado, entre el beneplácito y felicidad de sus vecinos, como Trianero de Honor, nombramiento que refrendaba el cariño y respeto que se le profesaba.

         A estas alturas de la vida no conseguimos acostumbrarnos a que ni el barrio ni nuestra calle se parezcan a lo que fue; pero menos aún asumimos que los soportes humanos que aún restan de la pureza de Triana se desmayen para siempre, porque son insustituibles... ¿dónde otro Curro Puya como el que hemos tenido la suerte de tratar como amigo...?    

Ángel Vela Nieto


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