Roma
Uno de
los caminos nos llevó a la ciudad turística por excelencia; lugar del que
ningún mortal debería privarse y con el tiempo suficiente para catar sus
sorprendentes valores por mucho que éstos estén más que publicados. Roma es una
ciudad milagrosa, y no porque esté el Vaticano en ella con toda su incoherente
y contradictoria ostentación; el milagro surge a cada paso, en cada esquina,
rincón o plaza en una orgía de belleza mezclada con mayúscula Historia; los
siglos pasan ante los ojos de los visitantes materializados en edificios de
toda traza, en restos de otros que fueron majestuosos y que sólo vemos
completos en las películas de romanos. Roma es un sueño para todos las
necesidades; no creo que halla un lugar en el mundo con el encanto romántico de
la Fontana de Trevi, con lo que ya tiene ganado a las parejas que
estrenan pasión y a las que las pretenden -también prodigiosamente- reestrenar.
Su maravilla mundial con forma de Coliseo tiene grabado en sus manoseadas piedras
el orgullo de las legiones de los soldados del Imperio, y todas las novelas del
género, habidas y por haber, viven en sus entrañas. Robustas columnas, obra de
superhombres, ejercitando aún su pétrea musculatura de siglos, o solitarias y
supervivientes sosteniendo el aire, o rotas por la mitad como extraños y
gigantescos frutos surgidos del tuétano de la tierra... Y sus iglesias, sus
cientos de templos con todos los brillos eclesiales, todas sus gloriosas
crónicas de muertos bien enterrados, de estatuas sagradas bajo la patriarcal
figura del Moisés de Miguel Ángel o las joyas dispersas de Bernini...
¿Cómo
puede sostenerse una ciudad así? Vemos cada día que ésta, la nuestra, la
Sevilla que nos acoge y de la que tanto presumimos, a duras penas mantiene y presenta
a los visitantes parte de sus encantos. De Roma la primera sorpresa es
comprobar que recibe los mimos y cuidados necesarios (varios de sus monumentos
están en restauración, el Coliseo entre ellos), que sus dirigentes son
conscientes de que tienen en su manos una obra divina. Y, claro, por eso apenas
pudimos andar por las inmediaciones de la Fontana del amor de tantos
turistas necesitados de momentos felices; por eso sus innumerables restaurantes
colmados a todas horas.
Lo que
no entendimos bien es cómo la pequeña industria turística -también parte
importante de la grande- está absolutamente en manos de organizaciones que
mantiene a un ejército de hindúes; allí la presencia de chinos no se hace
vistosa, aunque estén buscando conquistar sus parcelas; los indios de la India
o Pakistán o de otros países de aquellas latitudes, vendedores de piel cobriza,
pobres de ropa y sobrados de objetos que venderte. No faltarán paraguas ni
impermeables si llueve porque hallaremos un vendedor cada cinco metros. Tanto
nos llamó la atención esta agobiante presencia que anduvimos buscando un romano
auténtico, un aborigen, ausentes también por los restaurantes y
establecimientos que visitamos, para hacerle una foto y llevarnos su imagen de
recuerdo.
Nosotros,
los que soñamos conque un día Triana ocupe con todos los honores el sitio que
le corresponde como objetivo turístico de primer orden; los mismos que hemos
visto cómo se hacen desaparecer los siglos de historia -hasta la prueba bárbara
del Arquillo de Fortaleza-, ya estamos pensando que nuestro sueño se podría
convertir en terrible pesadilla. A lo mejor es preferible dejarla en este soso
y turbulento panorama de veladores y
barras universales antes de ver cómo los Taketos y las Kumatsubaras
gobiernan el negocio del flamenco, y los chinos plantan sus tenderetes y
grandes tiendas de souvenirs trianeros por el Altozano, Pureza,
San Jacinto y en las puertas de iglesias y hoteles; cómo el restaurante amarillo
de la calle San Jorge abre sucursales por todas las viejas vías trianeras
ofreciendo arroces a la marinera y guisos de habas con chocos, papas aliñás,
boquerones fritos y barbos en adobo, mientras los industriales del barrio
pliegan sus toldos y recogen mesas para dedicarse a no sé qué cosa; seguramente
al mismo quehacer misterioso de los romanos, los carnales e invisibles hijos de
Roma.
Ángel Vela Nieto

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