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lunes, 14 de octubre de 2013

EL DEDO DE RODRIGO


Roma


         Uno de los caminos nos llevó a la ciudad turística por excelencia; lugar del que ningún mortal debería privarse y con el tiempo suficiente para catar sus sorprendentes valores por mucho que éstos estén más que publicados. Roma es una ciudad milagrosa, y no porque esté el Vaticano en ella con toda su incoherente y contradictoria ostentación; el milagro surge a cada paso, en cada esquina, rincón o plaza en una orgía de belleza mezclada con mayúscula Historia; los siglos pasan ante los ojos de los visitantes materializados en edificios de toda traza, en restos de otros que fueron majestuosos y que sólo vemos completos en las películas de romanos. Roma es un sueño para todos las necesidades; no creo que halla un lugar en el mundo con el encanto romántico de la Fontana de Trevi, con lo que ya tiene ganado a las parejas que estrenan pasión y a las que las pretenden -también prodigiosamente- reestrenar. Su maravilla mundial con forma de Coliseo tiene grabado en sus manoseadas piedras el orgullo de las legiones de los soldados del Imperio, y todas las novelas del género, habidas y por haber, viven en sus entrañas. Robustas columnas, obra de superhombres, ejercitando aún su pétrea musculatura de siglos, o solitarias y supervivientes sosteniendo el aire, o rotas por la mitad como extraños y gigantescos frutos surgidos del tuétano de la tierra... Y sus iglesias, sus cientos de templos con todos los brillos eclesiales, todas sus gloriosas crónicas de muertos bien enterrados, de estatuas sagradas bajo la patriarcal figura del Moisés de Miguel Ángel o las joyas dispersas de Bernini...





         ¿Cómo puede sostenerse una ciudad así? Vemos cada día que ésta, la nuestra, la Sevilla que nos acoge y de la que tanto presumimos, a duras penas mantiene y presenta a los visitantes parte de sus encantos. De Roma la primera sorpresa es comprobar que recibe los mimos y cuidados necesarios (varios de sus monumentos están en restauración, el Coliseo entre ellos), que sus dirigentes son conscientes de que tienen en su manos una obra divina. Y, claro, por eso apenas pudimos andar por las inmediaciones de la Fontana del amor de tantos turistas necesitados de momentos felices; por eso sus innumerables restaurantes colmados a todas horas.        

         Lo que no entendimos bien es cómo la pequeña industria turística -también parte importante de la grande- está absolutamente en manos de organizaciones que mantiene a un ejército de hindúes; allí la presencia de chinos no se hace vistosa, aunque estén buscando conquistar sus parcelas; los indios de la India o Pakistán o de otros países de aquellas latitudes, vendedores de piel cobriza, pobres de ropa y sobrados de objetos que venderte. No faltarán paraguas ni impermeables si llueve porque hallaremos un vendedor cada cinco metros. Tanto nos llamó la atención esta agobiante presencia que anduvimos buscando un romano auténtico, un aborigen, ausentes también por los restaurantes y establecimientos que visitamos, para hacerle una foto y llevarnos su imagen de recuerdo.

         Nosotros, los que soñamos conque un día Triana ocupe con todos los honores el sitio que le corresponde como objetivo turístico de primer orden; los mismos que hemos visto cómo se hacen desaparecer los siglos de historia -hasta la prueba bárbara del Arquillo de Fortaleza-, ya estamos pensando que nuestro sueño se podría convertir en terrible pesadilla. A lo mejor es preferible dejarla en este soso y turbulento panorama  de veladores y barras universales antes de ver cómo los Taketos y las Kumatsubaras gobiernan el negocio del flamenco, y los chinos plantan sus tenderetes y grandes tiendas de souvenirs trianeros por el Altozano, Pureza, San Jacinto y en las puertas de iglesias y hoteles; cómo el restaurante amarillo de la calle San Jorge abre sucursales por todas las viejas vías trianeras ofreciendo arroces a la marinera y guisos de habas con chocos, papas aliñás, boquerones fritos y barbos en adobo, mientras los industriales del barrio pliegan sus toldos y recogen mesas para dedicarse a no sé qué cosa; seguramente al mismo quehacer misterioso de los romanos, los carnales e invisibles hijos de Roma.

Ángel Vela Nieto
       



viernes, 23 de agosto de 2013

PEDAZOS DE TRIANA EN VEJER DE LA FRONTERA


Cuando se visita una ciudad con la cámara fotográfica en la mano, no queriéndose perder ni un solo detalle de la misma,  es inevitable comparar e incluso trasladar algunos de esos detalles hasta nuestra ciudad de origen;  máxime cuando la industria del turismo es de lo poco que nos va quedando en nuestro querido arrabal y, tal y como se van desarrollando los acontecimientos, vemos la escasa o nula importancia que le prestan nuestros gobernantes. 



Contemplar pausadamente un destino como Vejer de la Frontera te llena de admiración y –por qué no decirlo- de envidia sana. Un municipio de menos de 13.000 habitantes que sobrevive gracias a la industria turística; pero no de cualquier manera sino con un alto grado de excelencia. Poniendo en valor su impresionante arquitectura donde la muralla árabe y el laberinto que forman sus calles, salpicadas de buganvillas y de bellas casas con típicos patios, forman un conjunto de incalculable valor histórico y artístico. Apoyándose del Flamenco como un ingrediente fundamental para despertar el interés de los visitantes, para ello cuentan con la “Noche Flamenca en las Murallas de la Segur” que este año ha cumplido 41 años y del “Concurso de Flamenco para aficionados Ciudad de Vejer”  que cuenta ya con dieciseisava edición. A todo ello hay que añadirle la posibilidad de disfrutar del litoral marítimo a menos de quince minutos en coche.  Y como colofón una buena oferta de establecimientos hoteleros y de restauración con un alto nivel de calidad a un precio razonable.

Retablo de la Virgen de la Oliva de A. Kiernam realizado en Cerámica Santa Ana

Pero a la vez que descubrimos bellos rincones, plazas, arcos y pozos perdidos en los interiores de las típicas casas vejeriegas, también pudimos recrearnos con diversos retablos cerámicos de sello trianero. La Virgen de la Oliva, patrona de Vejer, es la imagen más venerada de la villa y es precisamente en este mes cuando se celebra una velada en su honor. De todos los retablos mencionados destacamos el que se ubica en la Iglesia del Salvador, firmado por Antonio Kiernam en 1954 que  , según consta en la leyenda del mismo, fue sufragado por el Ayuntamiento de la ciudad.  Podrán imaginar la emoción que nos produce encontrarnos de repente, al doblar una estrecha callejuela, con estos pedazos de Triana tan repartidos por todo el mundo y que forman parte de la historia y del legado artístico de nuestro barrio. Sólo falta que se terminen enterando los que gobiernan la ciudad para que de una vez por todas tengan la vergüenza de abrir el Museo de la Cerámica de Triana.

Arcángel. Miguel Ángel Cortes y "Los Mellis"

Y después de mucho andar, subiendo y bajando las cuestas de Vejer,  al llegar la noche pudimos relajarnos  en las Murallas de la Segur donde Arcángel, Jesús Méndez, Carmen de la Jara, José Canela, Rocío Fantoba y la bailaora “La Piñona”, acompañados de sus respectivos cuadros flamencos, nos hicieron disfrutar de una extraordinaria velada flamenca donde los ecos de la siguiriya, en la voz de la sorprendente y joven Rocio Fantoba, y  de la soleá apolá, en una interpretación muy personal de Arcángel, nos transportaron de nuevo  a Triana.


Rocio Fantoba, ganadora del anterior Concurso Flamenco para Aficionados Ciudad de Vejer, y Juani de la Isla

Tanto la cerámica como el Flamenco, dos indiscutibles valores trianeros  que quieren borrarnos de la memoria artística del arrabal, sirven para que muchos destinos turísticos mantengan la única industria que en la actualidad deja un atisbo de esperanza para sobrevivir en un país  que los políticos han esquilmado.
Al menos nos queda la esperanza que la que parece será la próxima presidenta de la Junta de Andalucía mande un poco de aire fresco para este Barrio que lleva años desangrándose. Sólo pedimos lo que de justicia nos corresponde.

José Luis Jiménez





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