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domingo, 28 de septiembre de 2014

EL DEDO DE RODRIGO

Últimos días de una exposición singular: la que ofrece el polifacético artista Manuel Machuca en la Casa de la Provincia. Machuca es un estupendo cantaor que sabe plasmar en imágenes su forma de sentir el flamenco. A continuación el texto que preparamos para el tríptico de su presentación.


Manolo Machuca, artista



Marín Prieto fue un pintor modelo de la bohemia más libertaria que llegó a Triana, allá por los años veinte, para hacer de la Cava su patria y de los gitanos los modelos ideales de su inspiración. Manolo Machuca tiene mucho de aquel singular pintor, lo que ocurre es que nuestro artista llegó al flamenco, base de su empeño creativo, por la difícil y providencial vía del cante. No se conformó en cantar, en conocer los cantes y disfrutar de ellos para hacerlos regalo a sus amigos, sino que quiso materializar su pasión dándole formas plásticas. Ahí nace el pintor y surge, prodigiosa, su obra que, como sus fandangos o soleares, ofrece con la sencillez de quien sabe que el mérito es del índice divino que lo señaló.

Estamos ante un artista sin sujeciones ni ataduras, fiel a su afán por la más absoluta libertad desde el sosiego que le proporciona el oficio que le da el sustento, canta cuando le apetece y pinta o dibuja lo que quiere, lo que le pide el alma, y lo hace con el más puro de los estilos, el suyo propio, el del autodidacta absoluto, esos que beben en todas las fuentes donde el agua les sabe dulce. La Providencia fue generoso con él en el reparto de la sensibilidad y sentido de la belleza; lo hizo buen dibujante que es la base imprescindible y sobre ella crea la hermosa arquitectura de su obra, una obra donde el flamenco se entrona en rostros, gestos y figuras que cantan o bailan, que miran o expresan sensaciones.

Un artista se completa cuando no necesita firmar su obra para que se le distinga, y Manolo Machuca ha sabido labrarse el camino para alcanzar esa meta. Ahora, creado el poso, van surgiendo los frutos que, más temprano que tarde, le llevarán a ocupar el lugar que merece en el panorama de la pintura andaluza.



Ángel Vela Nieto.

lunes, 22 de septiembre de 2014

EL FAROL DE MARCHENA


TRIANA, LA OTRA ORILLA DEL FLAMENCO (II), 1931-1970


Como agua de mayo esperábamos este nuevo regalo de Ángel Vela:  el segundo libro de lo que pretende ser una trilogía de título “Triana, la otra orilla del flamenco”; esta vez recoge la historia flamenca de este arrabal desde 1931 a 1970. Un trabajo excelentemente documentado con fotografías inéditas y muchísimos relatos obtenidos de viva voz de los mismos protagonistas.

Si ya escribir una obra literaria  supone un gran esfuerzo, imagínense como se incrementa este cuando se trata de  la historia flamenca del lugar que es la cuna de este arte;  y no sólo estamos hablando de horas de trabajo. Tras una primera presentación fallida el pasado 15 de Julio, esta vez con el libro presente –  doy fe de ello- se producirá una nueva presentación el próximo jueves 25 de septiembre a las 20.30 horas, en el Hotel Ribera de Triana, en la plaza de Chapina.

Allí estaremos, claro que sí, amigo Ángel. Tenemos que contribuir comprando esta nueva joya que nos has regalado y que te ha tenido tan preocupado durante todo el verano. Ha sido un parto largo y complicado pero con un final feliz que ha terminado alumbrando un  nuevo libro que añadir a tu ya amplia lista que no deja ninguna duda acerca de quién es el  historiador que más ha contribuido en clarear la interesante y envidiada historia de Triana. Aquella que comenzará a escribir,  hace  unos 425 años,   Francisco de Ariño  desde el Altozano - estamos hablando de los “Sucesos de Sevilla de 1592 a 1604”-  aunque no vieron la luz hasta 1873 en una edición ampliamente prologada por el también  ilustre trianero Antonio Maria Fabié;  previamente, en 1818,  Justino Matute nos regaló el “Aparato para escribir la Historia de Triana y de su Iglesia Parroquial”; primer libro que recoge una buena parte de la  historia de nuestro Arrabal. Y ya  no es hasta finales del siglo  XX cuando Manuel Macías aporta más luz con nuevas crónicas del arrabal que nos deja  en varios libros – destacamos “Triana, el caserío”- y en incontables artículos de la revista Triana. Pero rápidamente Ángel Vela recoge el testigo de Macías y su obra crece exponencialmente en los últimos años: los anales de La Velá que constituyen por si solos una gran enciclopedia histórica de Triana,  la historia del cine trianero, los personajes y lugares emblemáticos del barrio, la Triana taurina y un sinfín de artículos y  entrevistas repartidos en revistas, prensa escrita y en programas de radio y televisión. No podía faltar la historia flamenca del Barrio más flamenco, convirtiéndose este en  un libro imprescindible para quienes tanto amamos a Triana y al arte Flamenco.


José Luis Jiménez

viernes, 12 de septiembre de 2014

EL DEDO DE RODRIGO


El Coco de Triana

             Juan Manuel García Moreno, El Coco, nació el 19 de noviembre de 1932 en el cogollo de la Cava de los gitanos, Pagés del Corro número 130, un corral de veinte vecinos gitanos y gachés. Fue el primer varón después de tres hembras y antes de un puñao de hermanos hijos del matrimonio compuesto por Juan Manuel García García y Bella Moreno Filigrana; el padre con un cuarterón, la madre gitana trianera de hondas raíces como lo decantan sus apellidos y que, además, sabía lo que era el cante. De niño, y por la mañana bien temprano, se asomaba para ver si en la esquina de Villa Troya había aparcado algún coche; si era así es que dentro había fiesta; muchas de las que se generaban en la Europa acababan en la Cava...

             El Coco, niño gordito, que siempre estaba en casa de su abuela, en la calle Diana, ya había sido motejado; el padrino, su tío, Manolo El Pioja, que tenía debilidad por él y que repetía “ay, mi coquito...”. La verdad es que más de una vez le dijeron “po vaya un Coco ma guapo...” . Crecido en el compás de los calés, empieza a destacar en los cantes de fiesta que adoba con gracia y técnica. No olvida El Coco que no fue un camino de rosas su vida de artista, ni de chiquillo porque alguna vez tuvo que soportar la guasa y las borracheras de algunos señoritos, ni de mayor cuando tenía que cumplir con su trabajo en el Puerto sin apenas haber dormido y habiendo tenido que beber por gaje de oficio.

               Más de una vez escuchó cantar a El Maní que paraba en la taberna que uno de los Gitanillos abrió en una esquina del callejón de Cisne, y allí, en la puerta, se sentaba cuando ya estaba atacado por su enfermedad, y hasta cantó con él siendo aún un chiquillo. Uno de sus espacios gustosos fue la taberna La Ladrillera, asiduo del cuarto en las fiestas de altura. Toda una gloria escucharle aquello de viva el Madrid calesero mientras acariciaba nubes con las manos Juan Montoya. Las canciones de la Piquer o Juanita Reina o los ecos morenos de Machín pasan por el filtro festero de la rotunda voz de El Coco en auténticas creaciones; es lo que le gusta, la copla, el cuplé, para hacerla cante por bulería. La Piquer y Caracol, sus ídolos. Fue soldado en Jerez donde se ennovió con una gitanita que endulzó su ausencia de Triana. Apegado al trabajo seguro ejerció, como hemos apuntado, de obrero del Puerto, no supo de la profesión del cante, salvo cuando atendía la llamada para una fiesta o cuando lo reclamaba su amigo Curro Vélez para cantar en su tablao del Arenal.

          En varias ocasiones tiraron de él para Madrid; tenía edad de jugarse el porvenir y se fue a saludar a Gitanillo de Triana para ver si podía trabajar en su sala de fiestas y ocurrió que el torero-empresario lo mandó a su socia, Pastora Imperio. El joven e ilusionado aspirante llegó a la casa y llamó… “¿Quién es?”, preguntó Pastora. “El Coco”, contestó inocente el trianero… “¿El Coco…? Pue te va a abrí...” (hay que imaginar la contestación). Creía el cantaor que estaba aún en la Cava y la gran Pastora que se trataba de un golfo con ganas de guasa. En Madrid asistió a la celebración del bautizo de Coral, la hija de Curro Romero, con Paco Rosa y El Niño de Aznalcóllar. Hubo quien dijo que en el cuplé por bulería había tres maestros, La Niña de los Peines, El Chaqueta y El Coco de Triana.

           El Coco, como a él le gusta que le llamen, cumplió seis quinquenios como obrero portuario, enviudó y se quedó con el apoyo de sus tres hijos que le ayudaron a vencer el hondo escollo. Pasado un tiempo recobró la alegría, las ganas de cantar y de vivir gracias a otra compañera que, como la primera, no es gitana, que lo cuida como su bonhomía merece en una casita en Tomares. La paradoja de la vida de El Coco es que se llevó toda su vida cantando y no fue conocido hasta que, ya jubilado, se decide a viajar con el grupo Triana Pura, desgajado del mítico Triana Pura y Pura de principios de los ochenta, para convertirse en uno de los abuelos de España y disfrutar de éxitos como “El probe Migué”.

            Ya metidos en los ochenta y con cinco hijos a los que siempre quiso ayudar, disfruta de una paz bien ganada. Hasta hace poco aún estaba dispuesto a alegrarle una festividad a quien lo llamara y hasta perteneció a la última formación de Triana Pura que grabó un disco dedicado a Lola Flores. Siempre gustó de pasear por su barrio en un repetido recorrido preñado de nostalgia que ahora le cuesta repetir con asiduidad. Señalemos que en 1986 viajó a Madrid junto a otros componentes de la inicial Triana Pura y Pura para participar en la Cumbre Flamenca de aquel año.

Ángel Vela Nieto. Del libro "Triana, la otra orilla del flamenco (1931-1970)".



domingo, 31 de agosto de 2014

EL DEDO DE RODRIGO


El Bengala


       Miguel Niño Rodríguez Bengala (por lo rápido que solía andar), nació en la Cava de los gitanos en 1909, en la casa número 112 de Pagés del Corro, frente al callejón de Cisne, donde vivió. Bengala es de la casta de los Caganchos, tío de Curro Vélez y artista polifacético, lo que no es extraño en esta orilla. Lo intentó, como otros miembros de su familia, en el peligroso mundo del toro y fue banderillero de su pariente Joaquín Rodríguez Cagancho, pero no pudo con el peso de los abalorios. Cuentan que tardaron en dar con él el día en que estaba anunciado su debut novilleril en la Maestranza después de maravillar en un tentadero y de ganarse una fulgurante fama. De la fragua probó otros oficios; en ninguno cuajó porque lo suyo era el arte, así que se buscó la vida en ventas y colmaos como cantaor, ofreciéndose por tonás, seguiriyas, soleares y bulerías. Para el arte y por el arte, porque Miguel servirá de modelo en la Escuela Superior de Artes y Oficios, pero siempre el cante porque, además, guardaba tesoros flamencos antiguos, y por eso le vino a buscar Antonio Mairena.

       Su cante, ofrecido con una voz suave y dulce, fue, además, un regalo para sus amigos y en los reservados de cabales de la Alameda. Rara vez cantó en teatros y grandes escenarios; lo hizo, y quedó su añeja voz grabada, durante el III Festival del Cante de Los Puertos; seguiriyas, martinetes y tonás de Triana para la antología de los rancios sonidos flamencos. Y es que le alaban que fuera sobrino nieto de un extraordinario romancista dado por error como portuense, pero trianero de la a a la zeta de la vida, o sea, desde los primeros pasos al fin, llamado Juan José Niño López, al que en 1916 entrevistaron en Triana donando todo un tesoro musical que más tarde se publicó. El Bengala, a quien también se le denominaba cantaor de romances, destacó asimismo por fandangos (El Perlo lo recuerda con su voz justa y melodiosa). Y como fandanguero aparece en un capítulo del programa televisivo “Rito y geografía del cante” (diciembre de 1971), aposentado en un rincón de El Morapio y hablando de voces privilegiadas como la de Manuel Torre, Rebollo y Rengel. Está presente, como una reliquia, en las grabaciones de La Historia del Flamenco de Luis y Ramón Soler (Ediciones Tartesso, 1996). Luis Soler escribe de Bengala: “Al escucharlo intuimos cómo cantaban los gitanos viejos de Triana del siglo pasado. Sus cantes por seguiriyas del Loco Mateo, del Nitri, de Cagancho son joyas del mejor quilate. Los cantes por tonás salían desbordados de su pozo de vivencias”.

       Bengala tiene una hija bailaora, Amparo, esposa del tocaor granadino Pepe Habichuela, padres a su vez de José Miguel Carmona, miembro del grupo “Ketama”. Mantenemos amistad con su hijo Joaquín al que conocimos de muchacho en la Cava de los civiles y quien a pesar de ser arquetipo de gitano trianero, en clase y bondad, probó fortuna en el boxeo, gloria imposible en todos los incapaces de matar una mosca.

      Falleció Miguel El Bengala en 1974 ocho años antes de que sus camaradas de la Cava se juntaran en aquel Triana Pura y Pura para dejar el postrer rastro del arte que amamantaron en comunidad. Bengala fue lo que se dice todo un personaje.


Ángel Vela Nieto. Del libro "Triana, la otra orilla del flamenco (1931-1970)".

martes, 29 de julio de 2014

EL DEDO DE RODRIGO


Pepa La Calzona


        Con el erróneo nombre de Pepa La Cartona, aparece en la taberna El Morapio para bailar un tango que le canta Manuel El Titi (“Rito y geografía del cante”, 1972), y hace un baile único, sensual, de misteriosas raíces trasatlánticas y tribales... Si quieres saber/ los pasos que doy/ vente pa Triana/ que a Triana voy,/ que a Triana voy...

         Tenía más de ochenta años cuando aparece bailando con “Triana Pura y Pura”. Josefa Filigrana Moreno, descendiente directo de los que nosotros tenemos por los Pelaos, mantenía un cierto vigor aunque su vista flaqueaba. Pepa estaba entre los inocentes condenados a la llamada diáspora (qué horror de palabra). Nació en la calle Diana, número, 2, en el umbral del Monte Pirolo. Su padre, Juan Filigrana, trabajó en una herrería y era diestro en el cante y los señoritos iban a buscarlo para sus fiestas; le decían El Calzones, “porque mi abuelo le ponía unos calzones y lo sentaba en los fuelles”. Su madre, Encarnación Moreno Flores, era nativa de la misma Cava de los gitanos. Pepa se casó muy joven y contra la voluntad de su padre con un gachó, Manuel Gómez Mora, y se fue a vivir a una casa de vecinos de la calle Evangelista, y allí nacieron sus tres hijos. Pero la felicidad le duró poco; fue una de las muchas viudas de guerra.

       La primera vez que bailó en público fue en El Guajiro. Pepa no se consideraba artista, pero el baile le salía del cuerpo y la necesidad obligaba; lo cierto es que las bulerías, sus rumbitas gitanas y los tangos que recreaba con su inspiración levantaban a la gente de los asientos. “Los gachós son como los gitanos –le dijo a Manolo Herrera en Sevilla Flamenca-. Que somos tos iguales; ahora que lo del cante los gitanitos lo llevamos mu adentro. Ahora que le digo una cosa, que hay gachós que tienen más gracia que los gitanos, y gachás también”. Pepa, llena de nostalgia, evocaba a su padre que le regalaba cuando era chiquitita y ella bailaba; su progenitor, que se desvivía por ella, le decía, esta amorosa seguiriya: Mi Amparo, la rosa,/ mi Pepa el clavé;/ y el espejito donde yo me miro/ mi Pepa lo es. Fue una de las componentes de la embajada trianera a la Cumbre Flamenca de Madrid de 1986 que se enfrentó a otra granadina.

        La Calzona, medio ciega, añoraba su barrio hasta llorar, era el drama de la mayoría de los viejos trianeros: “¡Que yo no quiero piso…! ¡Lo que yo quiero es volvé a Triana…!”. Pero de su Triana se había adueñado el dinero.

Ángel Vela Nieto. De "Triana, la otra orilla del flamenco (2)"


jueves, 17 de julio de 2014

EL DEDO DE RODRIGO


Antonia La Negra


         Cuenta La Lole: “Mi madre cantaba desde chiquitilla; mi abuela la ponía a cantar en las ferias cuando yo tenía doce años. Mi tia Adina y mi madre introdujeron el árabe en el flamenco”. Antonia Rodríguez Moreno La Negra, hija de Joaquín y Luisa (del padre tomó el cante y de su madre el baile), nació en Orán, Argelia, en 1936; su progenitor, trianero y cantaor aficionado, era vendedor de telas y fue a instalarse en el país africano. “Mi padre -cuenta la extraordinaria cantaora-, mi único maestro, se levantaba muy temprano y ya estaba cantando hasta las diez de la mañana que se iba al mercado”. Cuando Antonia tenía quince años escuchó cantar a Pastora Pavón en Casablanca, curiosamente Juan Montoya actuaba con ella. Nunca estuvo de fiesta con artistas punteros, salvo una ocasión en que le cantó a Caracol. Y es en Casablanca donde se presentó ante el público en un teatro.

         Con dieciséis años los aires del cante le llevan a Triana donde contraerá matrimonio con su primo, el bailaor Juan Montoya viviendo, primero, en la calle Evangelista y, luego, en el Tardón. Resultado: seis niñas, todas cantan y bailan. De casada siempre se dedicó a su hogar, sólo cantaba en la intimidad familiar. Se dará a conocer cuando se forma el grupo “Familia Montoya”, a principios de los ochenta; su hija Lole le empuja a cantar y a convertirse en el alma del grupo demostrando poseer una de las voces más personales por su particular rajo gitano. Por estos réditos naturales Cristina Hoyos la elige para que le cantara en la película “Tarantos y Montoyas”, pero Antonia no se decide y rechaza la oferta. Y continuó cantando de forma intermitente apareciendo como artista profesional con sus particulares bulerías sin más acompañamiento que la guitarra y las palmas.

         La Negra es la cantaora elegida por bailaores y bailaoras cuando quieren representar la pureza, las raíces, la verdad desnuda del cante en aquellos espectáculos de esencia gitana como “Macama Jonda” con Enrique Morente en 1976. Y una de estas estrellas del baile es su paisana Manuela Carrasco, a la que ha acompañado en varias de sus giras. Por las características de su garganta que tanto se ha alabado formó en el grupo que participó en “El flamenco y el son cubano”, ciclo organizado por la Diputación el verano de 1996.

         Antonia La Negra no ha tenido una vida fácil, tal vez el cante la ha liberado y la libera de las sombras de los días aciagos. En el año 2010, el 12 de abril, se le dedicó un oportuno y merecido homenaje en el Teatro Lope de Vega, organizado por los hermanos Cadaval (Los Morancos de Triana), en el que participó un generoso plantel de artistas, entre los que estaban los miembros de su familia con Miguel Poveda, Niña Pastori, El Lebrijano y Moraito. En la Navidad del 2011 anunció las fiestas de Pascua con su familia en la “Primera Poleá Flamenca de Triana”. Añadimos que fue nombrada Trianera Adoptiva durante la Velá de Santa Ana de 2012. Este mismo año actúa, voz a voz, con su hija menor, Angelita Montoya, en el llamado Espacio Santa Clara y dentro del programa de la Bienal; la guitarra fue de Paco Iglesias.

      Antonia, una estrella que canta y baila como sus hijas, no pierde la oportunidad de unir su hermosa ranciedad a la madurez y frescura de ellas y su nieta, tres voces de la misma sangre, pero la suya tiene un matiz inalcanzable.

Ángel Vela Nieto. De "Triana, la otra orilla del flamenco (2)"

sábado, 12 de julio de 2014

EL FAROL DE MARCHENA


TRIANA LA  OTRA ORILLA DEL FLAMENCO (1931-1970).


Muy cerca de los días señalaitos se producirá la presentación de esta segunda parte del trabajo que nuestro amigo Ángel Vela comenzó hace ya algunos años y que tuvo su primer fruto el mes de julio pasado. Muchas horas de trabajo, incontables entrevistas, cajones repletos de fotografías, algún que otro plantón y sobre todo un inmenso amor a Triana son los ingredientes principales  de este nuevo libro que se presentará el próximo  martes 15 de julio de 2014 a las 21 horas en el Hotel Ribera de Triana, en la plaza de Chapina.

En este blog hemos tenido la oportunidad de disfrutar, en primicia,  de algunos pasajes del nuevo libro que nos dará a conocer la historia flamenca del arrabal desde el año 1931 a 1970; ampliamente ilustrado y repleto de reseñas de artistas, lugares y hechos acaecidos desde el  inicio de la Segunda República  hasta las postrimería de la Dictadura Franquista.

Allí estaremos, dando muestras de afecto y cariño a este autor del que como trianero y amigo me siento orgulloso. Una vez más, gracias amigo Ángel porque tu obra servirá para que las generaciones futuras de trianeros sepan la verdadera historia de su Barrio.




José Luis Jiménez

sábado, 5 de julio de 2014

EL DEDO DE RODRIGO



Pastora la de El Pati


      Esposa de Antonio Vega Moreno, bailaor conocido como El Pati, su compañero hasta el último suspiro y al que tantas veces le cantó para el disfrute de ambos y también en fiestas organizadas. Pastora Cruz Moreno nació en 1923, hija de Manuel Cruz Flores y de Carmen Moreno, natural de Alcalá del Río. Su padre, nacido en Castilblanco de los Arroyos, era un hombre trabajador y listo que sabía leer y escribir y se dedicaba a traficar con el ganado cuando no hacía de calderero. Pero a Pastora la crió, desde los pocos meses de vida, su tía Esperanza, hermana de su madre, que vivía en Triana y que estaba casada con un hombre bueno que se dedicaba a la venta ambulante de tejidos. Este matrimonio tuvo un hijo cuando Pastora era una niña, Paco, el popular mudo de Santa Ana.

      Pastora conoció en la misma Cava a El Pati, un bailaor que alternaba sus actuaciones profesionales con labores distintas, se casaron el año 1944 en la iglesia de Santa Ana y cogieron habitación en el corral de la callecita de Cisne donde nacerían sus cuatro hijos. A Pastora le gusta cantar y bailar desde el fondo de su memoria, pero no fue artista de teatro hasta que llegó “Triana pura y pura”, ya curtida por la vida y hechos solera su cante y su baile. En la siguiente etapa del grupo, la comercial, actuó profesionalmente junto a su hijo Manuel demostrando lo que atesoraba. Y disfrutó de viajes y aplausos hasta en las discotecas por gracia del “probe Migué”. Y así hasta que el grupo languideció. Pastora fue pilar indiscutible de esta vieja Triana que asombró a toda España.

     Los malos vientos inmobiliarios y económicos la llevaron a Tomares con su marido y su camarada El Coco, después de intentar por todos los medios quedarse en Triana y vivir un tiempo en la calle Pureza y el Barrio León. Ya viuda -El Pati falleció en 1992- Pastora continuó viviendo en el cercano pueblo de Tomares con su hijo Nicolás hasta su reciente fallecimiento.


Ángel Vela Nieto. De "Triana, la otra orilla del flamenco (2)"

domingo, 29 de junio de 2014

EL DEDO DE RODRIGO

LOS FLAMENCOS EN LOS CINES DE TRIANA.


         En el cine San Jacinto, inmediato a la plaza del Altozano, se presentó Manuel Vallejo con su compañía de variedades, en 1933. Pero es tras la guerra cuando las embajadas artísticas son más necesarias para levantar el ánimo de un vecindario entristecido, agobiado por las duras jornadas de trabajo y asediado por necesidades y estrecheces de todo tipo: transcurría pesaroso “el año del hambre”, un año que duró casi dos décadas.

        Caracol y Lola Flores visitaron el Cine Avenida en varias ocasiones; la primera fue para animar en una fiesta el gesto de Queipo de Llano -uno de los suyos-, que apadrinaba a tres chiquillos del Barrio León; también actuaron aquella noche El Maní y Curro de Utrera. Finalizando la temporada de 1941, Monserrat presenta en la terraza de la Cava de los civiles, justo al lado del cuartel, una de sus “óperas andaluzas” en un programa encabezado por Juanito Valderrama y El Sevillano, con El Peluso y dos guitarristas excepcionales: Esteban Sanlúcar y Niño Ricardo. En el cine Alfarería, el 7 de septiembre de 1949, el original flamenco-cómico Guarino, natural de Puerto Real, actúa “en homenaje a su barrio de Triana”, con El Sevillano y los trianeros Chiquito de la Cava y Armando Gutiérrez en el cartel. Precisamente el rapsoda Armando Gutiérrez, junto a la que sería su esposa, la canzonetista Lolita Arispón, encabezarían la compañía –muy trianera- que un día de julio se presentaría en la terraza del Alfarería. También en este escenario cantó Vallejo en 1954, y años después vimos sobre su albero a un coplero flamenco que deslumbraba: Enrique Montoya, mientras el maestro de locutores, Rafael Santisteban, cerca de nosotros, comentaba que era mejor que Manolo Escobar, la otra sorpresa -entonces- de la canción andaluza. Otro de los cines de verano que en ocasiones ofrecía espectáculos flamencos fue el Gran Cinema San Jacinto, lugar donde la noche del 27 de junio de 1945 el empresario Rafael Canela presenta su espectáculo “Fantasía Andaluza” con El Sevillano –que, recordemos, vivió en Triana-, Rafael Ortega y el anunciado como Campoy que cantaba justo frente al Barrio León donde tenía su casa.

        Además de las llamadas “terrazas cinematográficas”, los artistas se presentaron muchas veces en las salas de invierno, el Cine Rocío, Triana Cinema (luego trasformado en el Astoria), Emperador y Los Remedios. En el Triana Cinema, abierto en la calle Castilla en 1931, cantó La Niña de los Peines en las vísperas de las Pascuas de 1935; vino con El Pinto, Sevillanito, y Niño Ricardo. En el mismo cine organizó la Falange varios espectáculos de variedades durante la guerra en los que participaron artistas trianeros como Juan El Tumba y Los Gitanillos de la Cava.

      En el Rocío se presenta la bailaora Carmen Mora con el omnipresente Antonio El Sevillano con el espectáculo “El sentir de la copla” con la canzonetista Consuelo de Triana. En el vetusto cine Rocío, ya en su despedida, ofreció un recital Manuel Gerena en noviembre de 1969; toda una heroicidad. En el Astoria se celebró en 1976 el homenaje al Sordillo de Triana y, después, al Niño de la Calzá, y el Cine Emperador recibió en su vuelta a Triana la rabia cantaora de Manuel Gerena un día de octubre de 1972. En junio de 1973 se celebró en esta sala colosal, la de mayor aforo de Sevilla, un festival para recaudar fondos para la lucha contra el cáncer actuando Abadía, Oliver, El Pintor, Peregil, Luis Caballero, Naranjito, Curro Fernández, Matilde Coral, Rafael El Negro, Ricardo Miño, Manolo Domínguez y Antonio Mairena. Esta sala sirvió de escenario a la Bienal de 1986. Triana fue un arrabal de cines al servicio del arte flamenco.

Ángel Vela Nieto. De "Triana, la otra orilla del flamenco (2)"

sábado, 14 de junio de 2014

EL DEDO DE RODRIGO


Francisco Delgado Ramos. "El Pintillo de Triana". 


EL FLAMENCO EN LA VELÁ DE ESTOS AÑOS (1931-1970)


Para el cante y el baile durante las noches de Velá de Santa Ana, los años cuarenta y cincuenta fueron los más intensos. Para Aurelio Murillo, eterno alcalde de Triana, el flamenco era imprescindible en un barrio como el suyo; también lo fue para otro concejal de fe trianera y flamenca, Alfonso Jaramillo. En 1956 Jaramillo quiso darle más lustre al concurso e invitó como jurado nada menos que a La Niña de los Peines, Pepe Pinto y Manuel Vallejo, y ocurrió que decidieron contra lo que opinaba el público que daba por ganador al local Niño Segundo, y se formó un escándalo mayúsculo. Y mientras Jaramillo decía “tierra trágame” el jurado desapareció sin la menor preocupación. Todo es posible en Triana. En estos años destacaba en las noches de Velá un cantaor aficionado muy popular: El Pintillo de Triana, el artista ácrata del barrio, sin casa ni obligaciones, sólo la de darle de comer a sus perros, los más fieles seguidores de sus andanzas. Su amigo, don Urelio, le administraba el importe de los premios para que no desapareciera en una de sus correrías.

        En 1967, en una noche de Velá, se celebró la primera misa flamenca; fue en Santa Ana: Antonio Mairena, Luis Caballero, Naranjito de Triana y El Poeta fueron los artífices; a don José, el cura, se le mudaba la cara cada vez que veía circular los güisquis “inspiradores” por la sacristía. Fue un inolvidable acontecimiento. En las décadas siguientes, con la llegada de los partidos políticos, el nuevo andalucismo militante y las otras novedades democráticas, el flamenco en la Velá se convierte en espectáculo de profesionales, como cualquier festival y con acusada presencia de artistas de esta orilla. Oliver, El Arenero y “Triana Pura”, debutaron en el escenario de la Plazuela en noche de Sant´Ana. 

        Una noche de Velá el buen aficionado, Pepe Huesca,  acompañó a Chano Lobato  después del cierre de El Patio Andaluz donde ambos trabajaban. Pasearon por la calle Betis, aunque ya la fiesta se concentraba en unos cuantos focos íntimos... Entonces el artista gaditano, afincado en Triana, le dice a su compañero lo que éste nunca olvidó: “Aquí vienen muchos artistas de todas partes para ver a esos grupitos de trianeros bailar por fiesta, porque la verdad es que hacen lo que quieren con los pies... unas vueltecitas y ¡ahí queda eso! Los profesionales siempre pescan algo nuevo”.



Ángel Vela Nieto. De "Triana, la otra orilla del flamenco (2)"




jueves, 5 de junio de 2014

EL DEDO DE RODRIGO

Cortijo El Guajiro


Los que no están muy seguros de la geografía trianera suelen asentar que El Guajiro estaba “en el sevillano barrio de Los Remedios”; pues no, señor, la calle Salado está bajo la influencia del Monte Marianillo; o sea, que no puede ser más Triana antigua y más flamenca su huella; a pocos metros existía y existe la casa de vecinos que se conoció como la “de los presos”. Todo esto dejando sentado que la barriada de Los Remedios es tan Triana como cualquiera de sus otras barriadas satélites; otra cosa es que algunos de sus moradores, llegados en aluvión de mil lugares distintos, se sientan a gusto desconociendo las raíces del lugar donde llegaron a aposentarse porque su economía lo permitió. La geografía histórica de esta orilla sigue siendo la asignatura pendiente de algunos cronistas y críticos con una idea insuficiente de los límites del arrabal.

El Guajiro, que abrió con tres socios propietarios, Francisco Rodríguez (alias El Guajiro), Juan Cortés Hutton, relaciones públicas del local, y Carlos al que, por su apellido llamaban “el alemán. Es el primer tablao de Sevilla y feudo de la Triana flamenca, raro el artista del arrabal que no pasara por su escenario; ellos lo mantuvieron. Fue inaugurado el 23 de julio de 1952 al final de la antigua calle Tulipán, actual Salado, aislado por el lugar que ocupó el cortijillo de El Guajiro, un curioso personaje que iba montado en su caballo a todos los sitios y que conservó su picadero justo detrás del tablao. El 12 de marzo de 1956 se reinauguró tras una profunda reforma con una fiesta en la que La Paquera fue la figura central.

En El Guajiro, del que se decía que era la sala de fiestas más atractiva de Sevilla y quizás de España, presentaron su arte “en el tipismo que encierra el marco de la sala”, nombres como Pepe El Culata, Pepa y Matilde Coral, Rafael El Negro, Farruco, Los Hermanos Rabay, La Pillina, Barrilito, El Moro, Manolo Marín, El Bujero y tantos otros. Se anunciaba en 1961 a dos guitarristas “de solera”: Manolo Brenes y Pedrito Sevilla, a la pareja Coral y Quiroga, al Trío Sevilla y a la Orquesta del maestro Moradiellos “con un conjunto de profesores”. Precisamente Moradiellos compuso una pieza titulada “¡Ay, Cortijo del Guajiro!” que se solía interpretar antes y después del espectáculo. Desapareció a mediados de los años sesenta.

Ángel Vela Nieto. De "Triana, la otra orilla del flamenco (2)"


viernes, 30 de mayo de 2014

EL DEDO DE RODRIGO

Ballesteros en su bar. Del archivo de Manuel Cerrejón, extraido del libreto "Triana Cantaora"


Casa Ballesteros (Joaquín y Antonio Ballesteros)


Joaquín Cosme Baeza (1915-1967) nació en la calle Castilla número 96, la casa donde palpitaría una de las tabernas más flamencas de Triana, Casa Ballesteros, existente desde que su tío, Joaquín Baeza Ballesteros, decidiera convertir la antigua tienda de comestibles de su padre, Joaquín Baeza Portela, en taberna (entonces número 92 de la calle) a principios de los años veinte.

El conocido como Joaquinito Ballesteros fue allí, además del regidor, el animador habitual, ya en los años cuarenta, de tantas reuniones y su cante siempre era esperado con interés. En una de estas ocasiones, noviembre de 1963, se le grabaron unas soleares en un magnetófono, cante que Manuel Cerrejón incluye en uno de sus trabajos, Triana cantaora, y que, por razones de edad, no da la dimensión de su categoría interpretativa. A los artistas hay que grabarlos en su mejor momento, pleno de facultades, de lo contrario queda una idea equivocada de su altura. Cuando falleció Joaquín Ballesteros su amigo El Arenero le dedicó esta soleá: Ya se murió Joaquinito/ Joaquinito Ballesteros,/ que cantó por soleá/ mejor que to el mundo entero.
La popular taberna fue hasta la muerte de Joaquín ágora de tradición flamenca arraigada en el hemisferio payo de Triana. La enorme afición y buen estilo interpretativo del que hacía gala y a quien no le iba a la saga su hermano Antonio, dio nombradía en Sevilla a la taberna primordialmente en las décadas de los cuarenta y cincuenta. Antonio, oficinista de profesión, era de carácter serio y sus cantes anhelados por lo sobrios y ajustados, derivaban por los sones más dificultosos, mientras que Joaquín era un muestrario sonoro de los palos alfareros. La clientela estaba compuesta de grandes aficionados por lo que el cante surgía espontáneamente. Se unía a ellos Manolito El Pintor que trabajó allí de camarero. Mairena, Chocolate y cuantos cantaores atravesaban el puente, visitaban a los Ballesteros.

La taberna de Ballesteros no era sólo sitio de gachós… “Nosotros nos íbamos a cá Ballesteros y nos tomábamos cuatro copas y nos entraba unas ganas de fiesta… Empezábamos con las palmas y allí no había ni gitanos ni gachós, tos nos jaleábamos y nos pegábamos nuestros cantes y la fiesta no acababa nunca…” (El Titi, entrevista de 1986. Revista “Triana”). Y entre ellos El Chocolate, que si no estaba por la Cava había que buscarlo en Casa Ballesteros... Y ya que hablamos de Chocolate, recordemos que llegó a Sevilla con seis años de edad; aquí, naturalmente, se hizo hombre y cantaor... “Recuerdo que Triana y la Alameda marcaban la diferencia. Las gentes de Triana siempre han sido muy orgullosas y pocas veces venían a Sevilla; para escucharlos había que cruzar el río, y también tenían a gala que nunca ponían la mano a los señoritos, aunque eso fue al principio, después todo cambió”. De los que él escuchaba en Ballesteros si alguno puso la mano en fiesta de cuarto o señoritos fue la excepción. Chocolate aprendió y grabó (lo escuchamos en un programa de televisión) las soleares de casa Ballesteros, cante que adornó con un exultante y sentido ¡viva Triana!

Y recordemos lo que era para El Arenero la taberna de su amigo Joaquín: “Allí hemos pasao ratos de ensueño, porque allí estaban los güenos afisionaos, iban los periodistas, la gente de la radio y hasta Antonio Mairena daba una vueltecita pa escuchá y disfrutá del ambiente. En menos que cantaba un gallo daba alegría como había treinta que se estaban creciendo por soleá, por seguiriyas y por tonás...”. (A Emilio Jiménez Díaz en El Correo de Andalucía).

Dio la parroquia de Casa Ballesteros hasta para un equipo de fútbol; Joaquín era muy aficionado y en su casa se funda el Castilla F.C. bajo la presidencia de Guillermo Pickman, cuñado de Joaquín y tan trianizado, tan bohemio y flamenco, que nada había en él de su distinguido rango. Y entre los futbolistas Antonio El Arenero y los Tudela, soleaeros de la casa. Es fácil suponer cómo y dónde celebraba el equipo sus triunfos o donde despejaban las penas de las derrotas deportivas. Y también surgió en su festivo ambiente una peña humorística, la de los “Sin Belleza”, cuyos componentes estaban, como es de suponer, entre los parroquianos menos agraciados; fue su primer presidente un buen cantaor, El Sopera. Y para que no falte de en Ballesteros latía una tertulia taurina a la que solía asistir (¿por los toros o por el cante?) el faraón Curro Romero.

Seriamos injustos si no abundáramos en la personalidad de Antonio Ballesteros (1911-1974), eclipsada por el brillo personal de su hermano Joaquín. El laureado poeta trianero Juan Lamillar escribió sobre “los silencios de Antonio Ballesteros”; Lamillar, sobrino de la esposa de Antonio, heredó de él varios libros, un bastón de bambú y una pluma. Y da fe, desde sus recuerdos de adolescencia, de su discreción y su señorío, cualidades que le impidieron ser más expresivo en su cante, contrariamente a su hermano. A finales de los sesenta “era una máscara muda para el cante” después de la muerte de Joaquín. “Enfermo conservaba su elegancia, una elegancia que yo -cuenta Lamillar- encontraba entonces demasiado refinada para un ex-flamenco, y que venía de antiguo pues ya en la Triana de los primeros cincuenta se comentaba, por insólitos, sus camisas rusas, sus trajes a medida, sus cigarrillos filipinos, su elegancia realzada por una leve cojera que le da, además, derecho al título de caballero mutilado de guerra”. Había estudiado Magisterio y fue hasta su jubilación administrativo de la Compañía Exportadora de Filipinas. Juan Lamillar vio en su casa tarjetas y saludas firmados por un poeta que entonces no conocía: Jaime Gil de Biedma. Tuvo inclinación por las joyas, los taxis y la cerveza. “La flamenquería de mi tío se me aparecía demasiado confusa, pero pronto corría a restaurarla su mujer, excelente narradora oral, y comenzaba a contar las juergas interminables de la golfería de Triana, las reuniones de aficionados que duraban tres días, las esposas (ella misma) buscando a sus respectivos en un peregrinaje por tabernas y reservados”.

Ángel Vela Nieto. De "Triana, la otra orilla del flamenco (2)".

jueves, 22 de mayo de 2014

EL DEDO DE RODRIGO


TRES TABERNAS DE LA CALLE CASTILLA


Los Dos Hermanos

Taberna de la calle Castilla, número 82, donde dos hermanos, Manuel y Rafael Huerta, llegados de La Mancha en 1927, acogieron a una de las reuniones más flamencas de Triana. Aquí paraban aficionados al cante flamenco, entre los que se encontraban el padre y el tío de Naranjito. Naranjito de Triana los acompañó en muchas de aquellas veladas en la terraza que daba al río y allí cantiñeó cuando no levantaba un palmo del suelo. Y fue la escuela del entusiasta alevín en competencia con El Teoro, crío de su estatura, que también resultaría un buen depositario de los cantes del barro. La taberna cambió de ubicación, pasó a la calle Fabié y de ésta a San Jacinto, en el umbral del Altozano, la última de Triana o la primera, según donde se tuviera el puente. Tres hermanos, hijos de uno de los dos hermanos (trabalenguas), sirvieron mariscos democráticos y la mejor cerveza de Triana. Naranjito continuó siendo fiel parroquiano de la casa, lugar donde también paraban Los Morancos, El Arenero, Paco Vega, Antonio Badía y muchos artistas del barrio. Hasta su cierre a principios del año 2000 por jubilación de Julián, Manolo y Pedro, fue un punto de reunión de los amigos de siempre y establecimiento muy popular en Sevilla. Naranjito de Triana, el más entrañable de los amigos de la casa, acompaña a los tres hermanos Huerta en una de las fotos de despedida del establecimiento.

El Centro de Castilla

Casa del tiempo de la Exposición Iberoamericana (1928) levantada en lugar de una vieja tabernilla llamada La Pila. El Centro de Castilla, bar y tienda de ultramarinos, estaba regentado por un montañés-trianero llamado Artemio Martín Santos, sobrino de un industrial puntero del Altozano, Pedro Santos, el fundador del Bar Altozano. Artemio, en el bar, y su pariente Justo en los ultramarinos, se ganaron el cariño de los vecinos por su generosidad. Cartujanos y tejareros tenían aquí su intendencia fiada por muy negra que fuera la fortuna de muchos de ellos. Justo es recordarlo.
Artemio disfrutaba en las horas de amigos con las reuniones de aficionados que él mismo propiciaba. Muchas juergas iniciadas en Sevilla acababan en la esquina de Artemio. Y como tenía la cama en la planta alta no había hora para el cierre. Enfrente abría sus puertas El Tropiezo, una taberna convertida en bar que aún existe y, al lado, por Castilla, le acompañaba una tabernilla conocida por La Bombilla.
Artemio falleció en 1952 y su entierro por lo sentido y concurrido aún se recuerda.

Bar Manolo

También conocido como Casa del Gallego, pues de allá llegó este otro Manolo de la vieja hostelería trianera. En la misma punta del Patrocinio, esquina a la desaparecida calle Aracena y frente al antiguo fielato, Manolo alentó su mostrador secundado por sus dos hijos que nacieron, crecieron y se jubilaron en este puesto de reposo de tejareros y cartujanos, mezclados con el personal de los almacenes y paradores inmediatos, con los tranviarios que hacían parada frente al bar al que servidor recuerda de cuando chiquillo e iba a por la media botella de vino para animar el almuerzo de su padre en el descanso en la tarea del torno, en el inmediato tejar de Cirilo Ruiz Flores; por cierto, cada día se embobaba frente a una reproducción enmarcada de un cuadro de golfillos de Murillo... Y no podía faltar allí la reunión donde el cante sirviera de comunión general siendo, el también tejarero El Sordillo, uno de sus habituales. Paco Taranto, de niño, lo esperaba cada mediodía por si le daba por cantar.
Los sábados se juntaban allí los miembros de una peña -era la moda la formación de peñas entre los parroquianos de tabernas y bares-, y a ella solía acudir el cantaor Niño Salas para amenizar la reunión, pero Manolo no estaba por la labor de mantener aquellas algarabías y acabó con ellas. Esta Casa Manolo del Patrocinio alcanzó en un último esfuerzo el umbral del siglo XXI.

Ángel Vela Nieto. De "Triana, la otra orilla del flamenco (2)".

sábado, 17 de mayo de 2014

EL DEDO DE RODRIGO

LUGARES FLAMENCOS DE TRIANA



La Concepción, una posada muy flamenca


Existió esta antiquísima posada, una de las varias de la calle Castilla, en la antigua casa número 30, esquina al Callejón de la O, y allí su “túnel del tiempo” hasta 1971, cuando la regía José Domínguez Limón, impresor que perteneció a la plantilla del periódico “Triana”, un semanario que tenía talleres y redacción en la calle Evangelista. De las personas que ocuparon sus cuartos o, simplemente, sus jergones o camas de forma permanente, hubo en esta época un sorprendente Franconetti, italiano corpulento y elegante, sin oficio conocido, al que “resguardaban” los civiles cuando Franco pasaba por Sevilla. También eran huéspedes habituales una pareja de románticos enamorados conocidos como Manolo Caracol y Lola Flores, porque se buscaban la vida, él tocando la guitarra y ella cantando y bailando imitando a la pareja de moda entonces. La mujer, después y hasta su senectud, ya sola, recorría las calles de Sevilla cantando aquel fandango que la hizo popular… qué te brillan las espuelas/ de qué Regimiento eres… que permanece en la más íntima galería de personajes callejeros sevillanos de posguerra. Y es curioso que también morara en la posada Manuel Rosa, el de los bartolitos, que se fabricó unas marionetas simulando a la pareja Caracol-Flores y a los que hacía “actuar” en una tabla colocada sobre sus piernas. Y otra artista, Conchita, que desde niña vendía moñas de jazmines y bailaba por las calles hasta que un mecenas norteamericano la protegió favoreciendo sus estudios en el colegio Reina Victoria y en una academia donde se enseñaba a cantar y a bailar. Cuentan que como artista se ganó la vida y hasta compró una casa en Camas.

Agustín Pérez González entrevistó a la hija del último regente de la Posada de la Concepción, y de ese estupendo trabajo, publicado en la revista “Triana” correspondiente a la Navidad de 2012, extraemos lo escrito en este epígrafe.

Ángel Vela Nieto. De "Triana, la otra orilla del flamenco (2)".

sábado, 10 de mayo de 2014

EL DEDO DE RODRIGO

LUGARES  FLAMENCOS DE TRIANA



Peña Trianera


La Peña Trianera fue inaugurada en 1928 en la calle Callao, entre San Jorge y Castilla, como casino de La Unión Patriótica, el partido del general Primo de Rivera que lo visitó en noviembre del mismo año. Después de ejercer como Casino Republicano, se transforma en la apolítica peña en 1932. Desde entonces se convierte en tribuna cultural y cónclave de comerciantes de los aledaños y la plaza de abastos. Llegó a disponer de conserje y botones como los clasistas casinos de la calle Sierpes.

En 1934, la Agrupación Coral de Sevilla interpretó, junto a una zambra gitana llamada “Soleá” que dirigía el maestro Miguel Defrane, el tango “Suspiros de la Cava”, ejemplo de las actividades musicales de la Peña Trianera en esta época. En el mismo año y en día de Santa Ana se presentó El Trío Garfia que había triunfado ante los micrófonos de Unión Radio y “desarrollaron un extenso programa con interpretación de fandangos, soleares y bulerías. Terminado el concierto se organizó una cena en la que no faltó el típico bacalao ni la clásica sandía” (“La Unión”, 31 de julio).

Decorada con hermosos azulejos cervantinos de Mensaque, hermanada con la paredaña cafetería “Casa Cuesta”, fue sede de La Gimnástica Trianera, un equipo de fútbol del que fue presidente honorario Juan Belmonte. De tantos socios implicados en la vitalidad de la peña, remarquemos como ejemplo a Vicente Flores Navarro y José Romero Moreira, prohombres y promotores de la cultura del barrio. Sin serlo lícitamente fue, además, peña taurina. Por el salón de la Peña Trianera ha pasado una generosa nómina de artistas flamencos en ciclos, charlas ilustradas o recitales, permaneciendo con escenario abierto para estas manifestaciones.

En el otoño de 1972 se grabó, entre el bar Casa Cuesta y la peña, un capítulo de la serie “Rito y geografía del cante”, de Televisión Española, dedicado a Oliver de Triana, así llamado en los títulos haciendo gala de su maestría por tonás, seguiriyas, serranas y soleares; le acompañó Manolo Carmona, un guitarrista habitual de las reuniones en la peña. Entre los testigos varios socios, destacando Campito, popular personaje taurino, abuelo de la actriz Paz Vega y comerciante de la inmediata plaza de abastos, y con él miembros del “Club Garrafa”, grupo de amigos devotos de Baco y del duende del cante. El también popular Chato de Triana, entonces barman de Casa Cuesta, le sirvió al maestro Oliver su café negro.

Ángel Vela Nieto. De "Triana, la otra orilla del flamenco (2)". 

viernes, 2 de mayo de 2014

EL DEDO DE RODRIGO

LUGARES  FLAMENCOS DE TRIANA



Pasaje de Feliciano


Bajando las escalerillas de la plaza de abastos por el Altozano, a la derecha, se situaba el bar de Feliciano, establecimiento heredado de los puestos de bebidas del mercado que en tiempos antiguos pasaron por manos montañesas como tantas tabernas en Triana. Toda la gracia, que no era poca y que andaba distraída tras los mostradores del pescado, la fruta o la carne, se volcaba aquí a la hora del reposo o de un breve respiro. Hay que recordar que en este mercado remataron muchas juergas flamencas. Por aquí pulularon los ecos de los fandangos de El Caracol dedicados a su amigo Pastor, el carnicero, con un café calentito y una copa de aguardiente. Aquí se fundó, a mediados de los cuarenta y por los parroquianos más guasones, “El Mote Club”. Aquí se juntaba el arte de las dos Cavas: El Titi, Pepe Gitanillo, Pepe Casado… La revista “Triana” recogió la entrevista que, sentados ante los veladores interiores, le grabamos a Pepe Gitanillo y a El Titi una mañana de sábado de 1986.

Del personal de Feliciano hay que destacar a El Chato, Francisco Iglesias Aguilar, que entró en el Pasaje con catorce años a principios de los sesenta. El Chato de Triana nació en el inmediato corral de San Joaquín y por sus venas corría la sangre de artista que iba de corredor en corredor de su casa. Uno de sus afanes fue sacar a hombros a los triunfadores de la Maestranza, “capitalista” por afición. Y como enfrente del bar estaba el puesto de pescao frito de Loli no era nada raro ver por allí a cantaores de la talla de Antonio Mairena y su hermano Manuel, Naranjito, Manuel Molina, La Lole y tantos más asiduos parroquianos.

La Manigua


Popular sala de fiestas y salón de variedades establecido en el número 29 de la calle Betis (actual 33). Antes fue esta casa sede de un centro republicano. Por La Manigua, inaugurada en 1941, desfilaron la mayoría de las estrellas de la canción, del cante y la copla en sus comienzos como artistas, probando el pulso de voz y su temple ante un público entendido y en concursos organizados por la dirección de la empresa. En este veraniego escenario se hicieron artistas, entre tantas y tantos, Paquita Rico, Marujita Díaz, Carmen Florido, Lolita Arispón, Armando Gutiérrez y Juanito Díaz. En 1951 proclamaba así su existencia: “Sala de fiestas, grandes atracciones, una orquesta, magnífico cuadro andaluz. Espectáculos hasta la madrugada”. El empresario de La Manigua fue un cajero de El Barranco (mercado del pescado) llamado Miguel Jiménez. El director de la orquesta era José Fontela.

En La Manigua fue el debut en Triana de Naranjito y Narci Díaz. Trescientas cincuenta pesetas tenía prometido cobrar el pequeño cantaor, pero una suspensión por ser menor de edad necesitó la intervención del gobernador civil a petición desesperada del joven artista. “En La Manigua trabajábamos los fines de semana -cuenta en sus memorias-, que era cuando interesaba. Era un teatro de verano precioso; tenía dos zonas, o sea, que había una parte de sillas para sentarse a ver el espectáculo y otra parte donde había veladores, donde se sentaba las gentes, tomaban algo fresquito, o lo que fuera. Durante la semana no se hacía nada, ponían música para bailar. Allí fue donde empezamos a darnos a conocer”. La Manigua quedaba durante el invierno como sala de bailes.

El Pali tampoco olvidaba que en La Manigua ganó un concurso de cante junto a Naranjito; los dos se llevaron el premio que patrocinaba el Puesto de las Flores. Y un adorno calé: La madre del último Curro Puya se instalaba frente a la puerta con sus ricos buñuelos.

Ángel Vela Nieto. De "Triana, la otra orilla del flamenco (2)". 

lunes, 21 de abril de 2014

EL DEDO DE RODRIGO


El Cañaveral

  
Tuvo el bar El Cañaveral, en la calle San Jacinto, larga vida flamenca. En tiempos en que sólo era una tasquita, parada y respiro de carreros y transeúntes, se originó una riña y hasta hubo un muerto. Pero este accidente, que pudo ocurrir en cualquier otro lugar, no estigmatizó a sitio de pacífica y muy adicta clientela que con el tiempo se convertiría en un primoroso local, moderno y de exquisito tapeo. Eran los años cincuenta y allí el Papa y Huevo lucía con su baile preñado de gracia llegado el momento. En El Cañaveral, que fue sede de peña rociera, se celebraron las reuniones flamencas quincenales organizadas para el programa radiofónico de Rafael Belmonte, en las que se contaba con la guitarra de Antonio Sanlúcar que no tenía más que andar unos metros para llegar desde su casa.

Luis Caballero estuvo entre los protagonistas principales de lo que él mismo consideró la primera peña flamenca, al menos de Sevilla. Un amigo del inolvidable teórico y cantaor, don Juan Friede, polaco-alemán nacionalizado en Colombia, investigador en el Archivo de Indias, fue el organizador –aunque parezca insólito- de la tertulia de El Cañaveral. Más allá del cruce de la Cava, junto a La Hispano Aviación, se teorizó y se cantó con entrega de románticos enamorados. El establecimiento, ejemplo de clase e identidad, no pudo tener un continuador de Pepe Romero, su celoso propietario, cuando éste decidió jubilarse, y tras el fracaso del sucesor, se convirtió en una sala de juegos. La casa de doble planta y de arquitectura clásica sevillana fue derribada en la década de los ochenta sin que sepamos dónde fueron a parar los tres hermosos cuadros pintados por el maestro de la cerámica Enrique Orce que decoraban el patio.

Luis Caballero recuerda aquellas reuniones: “Mi amigo el judío dirigía los programas, llevaba a los flamencos y grababa los cantes. Aquello no era una juerga, sino una planificación cultural. Pagábamos al guitarrista y lo consumido. Allí cantó mucho Oliver, Paco El Pintor y recitó Gabriela Ortega con su jonda declamación”.

Ángel Vela Nieto. De "Triana, la otra orilla del flamenco (2)". 

jueves, 3 de abril de 2014

EL DEDO DE RODRIGO



Tabernas flamencas de la Cava trianera


Casa Lumumba


         Tabernilla de la Cava de los gitanos que antes se llamó “Casa Paco”, inmediata a Villa Troya. Recordemos con Pepa La Calzona que estaba ubicada frente al corral de las Viudas… “Paco era delgado y era canela. Cuando los gitanos iban a sacar su cofradía de San Román tos se juntaban en cá Paco”. También recuerda Pepa a “La Perla Nueva” (La Perlita), en el Altozano, y una taberna que había frente a Maldonado, en la calle San Jacinto. Ya en los años sesenta, gobernada por un forastero llamado Antonio, tenía como “gancho” principal un combinado que se denominó así, “Lumumba”. Aquí los flamencos se ponían a tono con el brebaje especialidad de la casa. Cuentan que hasta allí llegó uno de los primeros televisores, así que hay que imaginar su ambiente en determinados momentos.

Viña Rosa


         Taberna enclavada frente a Villa Troya y cerca del antiguo edificio de la fábrica de bombillas. Otra de las trincheras donde paraban los flamencos del entorno: El Tumba, El Maní, Juaquinito de Reyes… Nos recordó Manuel El Titi en cierta entrevista, que cuando Rafael Vega de los Reyes, Gitanillo de Triana, venía a Sevilla llamaba a Joaquín el de la Reyes, José Canales (el abuelo de Antonio Canales), El Tumba, El Pati y a él y los citaba en “Viña Rosa” o en “Villa Troya”. Y si Rafael bailaba… En una de sus visitas con sus camaradas a la Cava de los gitanos en estos años, Lola Flores amadrinó a un chiquillo del corral inmediato.

        Pepe Rodríguez Campos era el manijero de “Viña Rosa”, instalado aquí de joven desde “Viñafiel”, la bodega donde trabajó en el centro de la ciudad. En Triana, se casó con una joven llamada Rosa... y su casa fue refugio de gente que sabía congraciarse con la vida. Solía fiar los vinos y licores que vendían los ambulantes del barrio en la Feria, ayudando a los que más lo necesitaban. Arriba vivía Manolo el del Morapio, que tuvo que acostumbrarse a quedarse dormido con un cante por medio. Cuenta su madre, La Bella: “Donde está el estanco hoy había un bar y un corralón; allí llegaba Guillén el pescaero y llamaba a los Culatas y a todo el mundo y se organizaba una gran fiesta”.

        Sus hijos José y Serafín gobiernan ese estanco que menciona La Bella y que está situado a pocos metros de donde se ubicó “Viña Rosa”. Con la apertura del nuevo negocio acabó la existencia de la taberna; fue al final de los años sesenta. Pepe falleció el año 1985 con sesenta y ocho años de edad.

Ángel Vela Nieto. De "Triana, la otra orilla del flamenco (2)". 
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